martes, 9 de octubre de 2012

España, una, grande y castellana

Decía en mi anterior entrada que España se rompe, si no está rota ya, por la crisis ética (y añadiría que también ideológica) que nos afecta a todos y cada uno de nosotros al haber renunciado, consciente o inconscientemente, a una visión humanista de la realidad y haber optado por guiarnos por criterios puramente economicistas.

España, como unidad política y nacional, se rompe. A marchas forzadas, y en gran parte por la irrupción virulenta de una nueva oleada de genocidio lingüístico. Saben los grandes defensores de la unidad (y de la uniformidad) de España que la principal característica definitoria de un pueblo, lo que hace que un grupo de personas se considere diferente de sus vecinos (sean paisanos o no), es el hecho de entenderse entre sí a través del mismo idioma. Saben muy bien que las otras lenguas españolas son un peligro para esa unidad y para esa uniformidad si empiezan a tomar tanta fuerza como para hacer sombra al castellano; hay que retornar, por lo tanto, a la preeminencia del castellano sobre esas lenguas de segunda.

Quienes hoy alegan derechos individuales vulnerados por imposiciones de lenguas distintas al castellano saben muy bien que están rompiendo el equilibrio existente entre quienes tienen por lengua materna el castellano (obligatorio en todo el Estado y, por lo tanto, una lengua igual de privilegiada que quienes la tienen como propia) y quienes tenemos por lengua materna el valenciano, el gallego o el vasco (restringidas por fronteras administrativas, no obligatorias y, por lo tanto, lenguas igual de segunda que los ciudadanos que las tienen como propias); hasta hace bien poco, se permitía que las políticas lingüísticas autonómicas compensaran esa restricción de derechos de los ciudadanos españoles que tenemos una lengua distinta al castellano, a quienes se nos impone (a unos más gustosamente que a otros, por supuesto) su conocimiento, a través de mecanismos destinados al conocimiento de esas lenguas españolas relegadas durante siglos a papeles secundarios (comunicación privada o literaria) en aras de la unidad y la grandeza de España.

Sí, la imposición del castellano como única lengua oficial y obligatoria no es otra cosa que un instrumento para garantizar la unidad y la grandeza de España, unos conceptos que tienen muy poco que ver con los derechos individuales de los españoles que integramos España; para entendernos: esos conceptos tienen la misma relación con los derechos individuales que la imposición del catalán como lengua vehicular en la enseñanza. Ninguna.

Para no perder la perspectiva sobre las razones por las que el castellano fue durante siglos la única lengua oficial, volvamos unos años atrás, cuando los derechos humanos y los derechos individuales no eran precisamente una preocupación entre los intelectuales de la época:

«Hace ya dos años que en la capital del antiguo principado de Cataluña se celebran juegos florales; y este suceso, por más que no haya merecido ni aplauso ni censura a la prensa literaria de la capital de la monarquía, tiene, en nuestro juicio, no poca importancia, y es muy digno de que se detenga algún tanto la mirada del crítico, para medir el empeño que revela, y gustar los frutos que produce. No son los Juegos florales meros certámenes literarios, ni es el intento de los mantenedores abrir ancho campo a la inspiración poética para que el eco de los aplausos encienda nuevas fantasías, sino que un alto interés se une a su propósito, y el amor patrio santifica a sus ojos sus esfuerzos, que nada menos se intenta que reverdecer los laureles que ciñeron los antiguos poetas de la gloriosa corona de Aragón, y hacer que brote de nuevo en lengua catalana la poderosa inspiración que alberga en su seno el altivo y orgulloso pueblo que fue rey de Italia y señor del Mediterráneo, bajo el cetro de los Pedros y los Alfonsos.

El erudito escritor e inspirado vate que abrió los juegos florales, en su discurso inaugural aduce diferentes argumentos, contestando de antemano a los que intentaran oponerse al pensamiento de restaurar esta poética solemnidad, reivindicando con nobilísimo orgullo sus antiguas glorias, y sentando que en nada se opone el deseo de conocer los hechos pasados, al espíritu moderno que pide la unidad nacional, como base y fundamento de mejor vida y más gloriosos destinos. Creemos como el Sr. Bufarull que en nada perjudica la vida provincial a la vida unitaria, porque no es la unidad política la negación del carácter de los individuos, ni en su nombre puede exigirse el olvido y abjuración de la propia vida, sino que llana de oposiciones y diferencias, en virtud del principio de unidad, se armonizaban a la manera que las diferentes notas y tonos músicos constituyen una sublime unidad bajo las leyes de la armonía. Pero si bien la vida provincial, y aun la municipal, deben gozar de todos sus justos derechos dentro de la unidad de la nación; si bien deben ser aplaudidos y animados los estudios históricos que procuran sacar del olvido hechos y preciadas glorias; si siguiendo el impulso del siglo, dado en demasía a los estudios históricos, no censuramos que los eruditos catalanes recuerden su pasado y estudien su lengua, y quilaten el precio da sus antiguos poetas, y traigan a la memoria, algún tanto olvidadiza de otros pueblos, los beneficios que a la causa de la civilización y de la libertad prestó la antigua corona de Aragón, ninguna relación encontramos entre todos estos argumentos y la verdadera cuestión a que dan margen los juegos florales de Cataluña. Nadie más que nosotros admira la historia catalana, ni nadie repite con mayor respeto los nombres de los Jordis y Masdovelles, ni nadie nos vence en amor a esa lengua catalana que siempre resuena dulcemente en nuestros oídos, y que es lengua digna de estudio; pero si bien creemos que los estudios críticos-eruditos deben ser proseguidos con el ardor con que se empeñan en ellos los Bufarulls, Milá, Cutchet, Balaguer y otros escritores catalanes, no juzgamos que la restauración de los juegos florales sea conveniente ni aun a las mismas letras catalanas, en cuya honra se instituyeron.

¿Qué se propone el moderno Consistorio? ¿Renovar el antiguo espíritu de la Corona de Aragón? Dícenos que no es tal su propósito; pues si tal no se propone, la institución es inútil, porque no hay literatura digna de este nombre, que no sea la expresión de una idea, de una civilización, del espíritu de un pueblo; que no es la poesía, vano y pueril engendro del artificio y vanidad del rimador, sino que brota viva y animada del seno de aquel que siente en el latir de su corazón los desoíos de su pueblo, que mira en sus lágrimas las lágrimas de sus contemporáneos, y a quien revela el palpitar de su cerebro el pensamiento de su siglo. Homero, es la heroica guerra; Dante, el dolor y la esperanza de la edad media; el Romancero castellano, la vida del pueblo que regían los Alfonsos y Fernandos; Calderón, la esencia de la vida del pueblo español, y Víctor Hugo, el deseo, inquieto, y la fiebre de las generaciones, que sintiendo aun los últimos ecos de una gigantesca revolución miraban ya los anuncios de otra nueva, que solicitaba su amor con dulcísimas promesas, y para llegar á ella, evocaba las fuerzas todas del espíritu del hombre.

Y si este es el carácter de la poesía, y la estética lo dice y la historia lo confirma, ¿qué significación puede alcanzar la literatura que brote al calor de los juegos florales de Barcelona? No quedan más que dos caminos a los poetas que acudan a su llamamiento: o cantar la nacionalidad catalana, lamentando su ruina y esperando días de restauración, o siguiendo los pasos de los trovadores catalanes del siglo xv, imitar y parafrasear sus cantos, ayudados de las eruditas investigaciones que se hagan en archivos y bibliotecas.

Y aun aceptadas estas tendencias, aun concediendo que sean legítimas a los ojos de la crítica literaria, ¿es posible que los poetas catalanes continúen la tradición poética del siglo de oro de las letras catalanas? No, porque la literatura catalana, por efecto de las condiciones históricas de aquel pueblo, no tiene tradición poética, carece de arte, en el sentido que decimos arte español o arte italiano, o arte alemán». El Contemporáneo (Madrid) del 24 de enero de 1861.

«Abogar tan calurosamente como algunos lo hacen por la completa autonomía literaria de Cataluña nos parece declararse partidarios decididos del predominio de la provincia sobre la nación, del municipio sobre la provincia, del interés individual sobre el interés colectivo. Esto lo creemos no solamente irrealizable, sino desatinado al mismo tiempo. La historia nos ofrece abundantes ejemplos de la manera desastrosa e inevitable cómo acaban los estados pequeños. Las reducidas repúblicas de Grecia, avasalladas; las turbulentas de la Italia de la Edad Media pereciendo faltas de ciudadanos; hoy por hoy, las ricas y florecientes ciudades anseáticas de Alemania absorbidas por un estado poderoso, ¿no son argumentos bastante persuasivos todavía para los ilusos que sueñan con estados de corta extensión y con lengua propia? ¿No bastan a convencerles de que su bello ideal es imposible y, caso de no serlo, fatal para los ciudadanos? Pero, aparte de esa, por demás gravísima consideración, hay otra enteramente literaria que merece bien ser atendida. Supongámonos toda España dividida por un instante en varias provincias cada una con un dialecto propio. ¿No se ve, desde el pronto, el gran número de idiomas que sería necesario conocer para entendernos unos con otros? ¿Cómo traducir bien lo que en cualquiera de ellos se escribiera a menos de no conocerlo tan perfectamente como la lengua patria? ¿No se ve cómo reaparece el antiguo inconveniente de tener que estudiar forzosamente una lengua extraña, sólo que en vez de ser una serían muchas? ¿Cómo comprender la dificultad de escribir bien en la lengua nacional cuando se encuentra preferible estudiar otras más difíciles? ¿Qué decir de eso?

Ya es hora de manifestar sin embozos nuestra opinión sobre el particular. Nosotros comprendemos un renacimiento como el del paganismo, como el de las artes, el de las ciencias, el de la filosofía, pero creemos erradísimo el restablecimiento de dialectos moribundos, dando vida nueva a las apagadas disensiones provinciales y hasta, parece increíble, fomentando los odios no extinguidos entre poblaciones que hablan la misma lengua. Si esta es la misión de la restauración literaria de Cataluña, desde luego encontramos motivo de desavenencia con ella y nos declaramos sus adversarios decididos. Mejor que semejante juventud repetida, preferimos resueltamente una vejez tranquila». El Lloyd español del 27 de septiembre de 1866.

No son muy diferentes los argumentos de hace 150 años en los periódicos madrileños de los argumentos actuales; simplemente se han adaptado a la individualidad (aunque sería mejor decir individualismo) que nos invade hoy, sustituyendo el concepto de unidad nacional (aunque algunos lo siguen manteniendo incluso hoy) por el de la libertad de elección individual. Cualquier muestra de fortaleza del catalán respecto al castellano es vista con recelo (y después con desprecio) desde Madrid: la unidad nacional, la España una, la España grande, no puede ser tan libre como para aceptar tamaña osadía. Sin una España castellana no hay ni España una ni España grande. España es castellana o no es.

Como hemos visto en los textos transcritos, un certamen en el cual se excluía el castellano no podía ser aceptable, ni tan siquiera en el ámbito literario (en Valencia, al año siguiente, nacerían también sus propios Juegos Florales, pero con premios también para obras en castellano: aquel certamen fue mucho más alabado que criticado por los intelectuales castellanohablantes); la exclusión de la lengua imperial no podía tener otro significado (lo tuviese o no hace 150 años) que conseguir espurios intereses políticos: la disolución de la unidad de España. Madrid tenía miedo en 1861 y lo sigue teniendo hoy. Porque sabían que la lengua es la principal característica de la distinción de un pueblo; y porque hoy lo siguen sabiendo.

«Viviendo hace siglos la lengua catalana en forzado maridaje con la de Castilla, sirviendo la lengua Española de base a la instrucción primaria y superior en las escuelas y universidades, relegada la catalana al olvido en los actos solemnes y públicos, y sirviendo sólo para la satisfacción de las usuales necesidades de la vida y del comercio íntimo y doméstico del pueblo, era natural que perdiera sus calidades literarias, degenerando su sintaxis y estragándose su prosodia y ortografía». Revista Hispano-Americana (Madrid) del 12 de enero de 1866.

Aquel desprecio hacia la lengua que hablaban los catalanes, a la que se le quería negar incluso la posibilidad de celebrar certámenes literarios al margen de la lengua patria (el castellano), fue el germen del independentismo; si a mediados del siglo XIX podía existir algún sector minoritario con pretensiones secesionistas, aquel sentimiento de marginación absoluta fue alimentando lo que, aprovechando la desaparición de la España imperial con la pérdida de Cuba en 1898, estallaría a principios del siglo XX. Durante todo el tramo final del siglo anterior se siguieron criticando los Juegos Florales barceloneses por excluir al castellano, lo cual no sólo no achantó a los intelectuales catalanes, sino que, además de iniciarse la regulación gramatical y ortográfica del catalán, empezaron a ver la luz publicaciones íntegramente en aquella lengua; la revista satírica ¡Cu-Cut! empezó a publicar chistes sobre la pérdida del estatus de imperio de aquella España soberbia que había estado despreciando el dialecto catalán, al tiempo que otras publicaciones como La Veu de Catalunya (diario publicado por primera vez en 1880, aunque clausurado durante 19 años tras editarse apenas 30 números) venían sirviendo de altavoz de aquel, entonces ya sí, movimiento independentista catalán.

La cuestión económica no fue la principal causa de esa deriva secesionista de Cataluña, como podría esperarse según los tópicos, pero sí contribuyó a la causa independentista: en 1899, tras la presentación de los presupuestos españoles para su aprobación, los brutales incrementos de impuestos para sufragar los costes de la fracasada empresa imperialista española iniciaron el discurso de los agravios comparativos: a los comercios e industrias de Barcelona se les impusieron unos impuestos mucho más altos que a los de Madrid, por lo que muchas industrias optaron por no pagarlos y los comercios, mediante una acción concertada, decidieron cerrar y darse de baja para no incurrir así en las multas aparejadas al impago de los impuestos.

Pero no fue en realidad hasta 1905 cuando el independentismo (hasta entonces modulado a través de proyectos aislados de federalistas, de regeneracionistas o de regionalistas) toma su plena razón de ser. El 25 de noviembre, los militares entran en la redacción de la revista ¡Cu-Cut! por la viñeta que se incluye un poco más arriba (el “Banquet de la Victoria” al que se refiere la misma fue la celebración de la Lliga Regionalista –uno de los partidos independentistas– por su triunfo en las elecciones municipales de Barcelona) y la queman (la publicación sería suspendida varios meses), destruyendo además la de La Veu de Catalunya (altavoz de la Lliga Regionalista) y varias imprentas; el Gobierno dio aun más poderes, a través de la Ley de Jurisdicciones, al ejército para juzgar por sí mismos todo aquello que pudiese suponer un ataque a la unidad nacional o al honor de ellos mismos. Todos los proyectos políticos catalanes que exigían una mayor descentralización o una regeneración de la política se unieron bajo el nombre de Solidaridad Catalana al considerar que aquella restricción de las libertades atentaba especialmente contra las regiones menos dispuestas a mantener el estado centralista y represor que había venido funcionando hasta entonces; esta coalición consiguió llevarse 41 de los 44 diputados catalanes al Congreso de los Diputados en las elecciones de 1907, anulando de esa forma el caciquismo imperante (en otras regiones, como la valenciana, también surgió la coalición Solidaridad Valenciana, aunque con escaso éxito). Pero aquella unión duró muy poco y el independentismo, aunque latente, no volvió a resurgir con fuerza hasta la II República, régimen que todos sabemos cómo se lo quitaron de encima los defensores de la unidad, la grandeza y… la mano dura.

Conocedores del descrédito que la dictadura franquista conllevó sobre ese concepto patriótico de la España una, grande y libre, es difícil hoy encontrar a españoles que hablen abiertamente de esas tres características que configuran la España conceptual que ellos mismos desean; establecida y aceptada por los poderes del antiguo régimen una Constitución descentralizadora e incluso reconocidas en la misma las diversas nacionalidades que integran España, la sola idea de salirse de las líneas marcadas en nuestra Carta Magna parece producirles a los más conservadores un vértigo completamente irracional, por lo que, ante esa actitud de conservación de lo ya establecido, debían adaptarse los discursos de esa España única, grandiosa y libre a la nueva realidad.

Estos nuevos discursos debían aceptar la oficialidad (eso sí, secundaria) de otras lenguas distintas al castellano; sabedores de que instituir a la lengua castellana como única lengua de obligado conocimiento por todos los españoles era una garantía de la unidad política (fiel reflejo de la unidad lingüística caracterizadora de la identidad de los pueblos), permitieron –no sin sonados, aunque minoritarios, pronunciamientos en contra– a los gobiernos regionales establecer una serie de políticas lingüísticas que compensaran en cierta manera (y con ciertos límites) aquella herramienta de uniformización nacional. Era el momento de predicar un supuesto bilingüismo social perfecto, sabedores de la imposibilidad real de llegar a ese idílico estatus lingüístico cuando hay una lengua obligatoria y otra que no lo es.

Pero este idílico bilingüismo fue aceptado por unos y por otros; por los nacionalistas españoles porque sabían que se trataba de una falacia sin capacidad real de variar la preeminencia del castellano sobre las lenguas regionales, y por los nacionalistas regionales porque el reconocimiento de la oficialidad de unas lenguas relegadas durante casi tres siglos a las relaciones familiares o la literatura ya era un triunfo, y tiempo habría de plantear otras posibilidades.

Mal que bien, las comunidades autónomas que tenían una lengua oficial compartida con el castellano fueron creando, unas con más empeño que otras, unas señas de identidad propias con su lengua como principal distintivo; y llegó el momento de plantear esas otras posibilidades que no se llegaron a plasmar al arrancar nuestra democracia para equiparar las obligaciones de los ciudadanos castellanohablantes que residían en comunidades autónomas con dos lenguas oficiales con las obligaciones que ya teníamos los no castellanohablantes: el deber de conocer las dos lenguas oficiales, y no sólo el castellano. Fue Cataluña con su nuevo Estatuto la que realizó el planteamiento, pero el Tribunal Constitucional declaró que era inconstitucional exigir a los castellanohablantes el conocimiento de otra lengua distinta al castellano: se institucionalizaban así de forma permanente las superiores obligaciones de los españoles que hubiesen tenido la desgracia de haber nacido con una lengua materna (aunque española y oficial) distinta del castellano.

El Tribunal Constitucional consagró que la unidad de España, implementada a través de la imposición de una única lengua oficial a todos los ciudadanos, era un valor superior al de cualquier otro derecho individual; a continuación, y siguiendo ese mismo planteamiento de otorgar una especie de derecho absoluto, por encima de cualquier derecho fundamental, a la unidad de España, el Tribunal Supremo dio por finalizada la normalización lingüística del catalán en Cataluña y, en consecuencia, prohibió en firme que la enseñanza se impartiese exclusivamente en catalán al considerar que con ello se vulneraban los derechos fundamentales de los castellanohablantes.

Pero esta vía de descrédito de las lenguas regionales y su consecuente reflejo en los inferiores derechos y superiores deberes de quienes las tienen como maternas no eran suficientes; el caso de la división del vasco no me es tan familiar, pero en el caso de la división del catalán sí puede comprobarse cómo la artificial segregación lingüística entre las comunidades catalana y valenciana fue una invención castellana para evitar que el hermanamiento lingüístico de dos comunidades autónomas limítrofes pudiesen llegar a suponer un nuevo peligro para la España una y grande de quienes seguían añorando las pasadas épocas imperiales de nuestro país. Divide y vencerás.

Sin el recelo de Valencia por la superioridad perdida siglos atrás frente a Barcelona, que hizo que la capital de la actual Comunidad Valenciana se haya mostrado siempre más complaciente y receptiva con la lejana Madrid que con nuestros propios vecinos, no hubiese sido posible ese intento de secesión lingüística; pero las vísceras del poder no atienden a razones lingüísticas.

No encontraremos en las viejas hemerotecas ninguna referencia a la lengua valenciana más que después de haberse inaugurado y afianzado los Juegos Florales de Barcelona, y aun así las primeras referencias que encontraremos son a una lengua valenciana lemosina, citándose un texto de 1546 (sirvan también como ejemplos los artículos sobre Teodoro Llorente incluidos en esta revista de 1885, o en esta de 1894), mientras que en las revistas culturales (el enlace corresponde a una de 1877) no se hacía distinción entre el catalán y el valenciano.

No es hasta 1907, tras el surgimiento de los regionalistas o autonomistas catalanes y valencianos organizados en las llamadas Solidaridad catalana y Solidaridad valenciana que hemos citado antes, cuando encontramos los primeros conflictos catalanófobos (aun poco que ver con cuestiones idiomáticas y mucho con la cuestión portuaria que venía arrastrándose durante siglos) en algunos sectores de la capital valenciana; en El País del 29 de junio de 1907 encontramos el siguiente texto, extraído del diario valenciano El Pueblo:

«El Pueblo, de Valencia, publica esta especie de proclama, muy interesante para conocer la opinión de la Unión Republicana valenciana:

«A la opinión:

Pasado mañana llegará a Valencia en el barco «Brasileño», la expedición catalanista, provocadora, perturbadora, que trata de alterar la paz en nuestra ciudad.

Vienen los catalanistas como conquistadores, como vencedores, a imponer su criterio, a imponer su fuerza, como si los valencianos fuésemos idiotas, como si esta población no conociese sus intenciones.

Los catalanistas son los culpables de la angustia económica de Valencia, víctima de sus manejos, de sus aranceles, víctima de su valimiento en Madrid.

Cataluña es la explotadora de toda España, y trata de imponer su hegemonía con la estúpida presunción de que pertenece a una raza superior, como si el resto de la nación fuese detritus despreciable.

Los productos catalanes entran en nuestra ciudad libres de todo gravamen, y en cambio la fruta valenciana está sometida a un fuerte impuesto de Consumos en Barcelona.

Si hay miseria en nuestro puerto; si hay allí miles de obreros en forzosa huelga, con hambre y horribles privaciones en los hogares se debe a Barcelona, a Cataluña, que con sus aranceles proteccionistas, impuestos al gobierno por todos los medios, ha destruido el comercio de exportación y los frutos se agostan en los campos y no amarran barcos en nuestra dársena porque Valencia no puede exportar sus vinos, ni sus cosechas de naranja, cebolla, pasa, etc., etc.

Cataluña es el patíbulo de la agricultura valenciana; sus intereses son antagónicos a los nuestros y sin sus imposiciones egoístas de toda la región valenciana viviría en plena prosperidad.

El «Brasileño» traerá el sábado gran número de verdugos catalanistas, que no contentos con habernos arruinado, tratan de mofársenos, de escupir sobre la inmensa tumba de nuestra agricultura.

Su presencia en nuestra ciudad representará un grotesco espectáculo que por nuestra honra debemos impedir.

Esa caravana de explotadores, de enemigos de Valencia, cuenta con la cobardía de los valencianos para desembarcar, y así lo proclaman en sus semanarios y en sus periódicos, publicando caricaturas o imbecilidades irónicas que hemos de castigar sin misericordia.

A la opinión nos dirigimos para que responda por la dignidad, por la honra y por los intereses de Valencia.

El partido de Unión irá en masa al Puerto el día 29, por la mañana, para protestar ruidosamente contra el borrón ignominioso que supone esa expedición.

Soportar la entrada de los separatistas sin que la indignación se desborde, sería demostrar que somos unos castrados, unos cobardes»»

Desde los partidos catalanes coaligados en Solidaridad Catalana se arengaba a los partidos y autoridades valencianos a exigir que la lengua valenciana tuviese una mayor relevancia en todo lo público, y más en concreto a instar a que las liturgias se realizaran en la lengua que hablaban los valencianos; como puede verse, no era la cuestión lingüística el problema con Cataluña (problema al que ni tan siquiera se refiere la aguerrida misiva de la Unión Republicana Valenciana), sino el sistema desintegrador de la unidad de España que pretendían los catalanes (además de las más que evidentes muestras de resentimiento y de envidia por la supremacía del puerto de Barcelona sobre el de Valencia).

Es durante esta época cuando Pompeu Fabra está trabajando en la nueva gramática y ortografía catalanas; aunque en los años siguientes pudo intuirse en algunos casos puntuales una cierta tendencia (nunca explícita) a diferenciar la lengua catalana de la valenciana en determinados autores como Vicente Castañeda (todos ellos preocupados por la unidad de España, más que por cuestiones lingüísticas), lo cierto es que la unanimidad respecto a la pertenencia a una misma lengua de los dialectos que se hablaban en Valencia, Cataluña y las Islas Baleares no se puso nunca en cuestión. Como ya se ha mencionado en alguna entrada anterior, las nuevas ortografía y gramática catalanas elaboradas por Pompeu Fabra fueron inicialmente aceptadas en Cataluña, en las Islas Baleares y en la provincia de Castellón y fueron adaptadas en 1932 para dar cabida a la variedad del valenciano de las provincias de Valencia y de Alicante; todas las instituciones culturales de Cataluña, de las Islas Baleares y de Valencia (incluyendo a Lo Rat Penat) aceptaron dichas normas.

Bajo la excusa de contrarrestar la ola de hermanamiento de los territorios de habla catalana surgida en los círculos intelectuales y universitarios valencianos a raíz del libro de Joan Fuster Nosaltres, els valencians, el dirigismo franquista contra al pancatalanismo lingüístico (y, por extensión, también contra el político) inició la ruptura interna de Lo Rat Penat; con el desembarco de socios provenientes de la burguesía franquista castellanizada (un proceso de castellanización que ya llevaba décadas produciéndose, pero que se aceleró aun más durante la dictadura), se fue produciendo una escisión dentro de Lo Rat Penat, sobre todo a partir de la presidencia de Emili Beüt (1972) y del seguidismo interno de las tesis de su amigo Miquel Adlert (quien al inicio de la dictadura ya intentó incluir a la cristiana Acció Valenciana dentro del Movimiento Nacional franquista), que acabó con la salida de la misma de Manuel Sanchís Guarner, de Joan Fuster y de la práctica totalidad de los principales lingüistas que integraron esta asociación cultural durante el franquismo (como afirma la propia asociación en su libro autobiográfico, «en adelante serán constantes las adhesiones de los grupos o personas individuales que se van decantando por el valencianismo y, por la razón contraria, se abrirá un goteo de bajas de socios que no estaban por la nueva situación. En conjunto, suponía una apertura de Lo Rat Penat a sectores más populares de la sociedad, cuyos nuevos socios sustituían a los “notables” que se daban de baja de una entidad que optaba por no permanecer impasible ante el creciente pancatalanismo»).

Sin embargo, en la primera confrontación que trascendió al público en general (con motivo de la redacción en valenciano de la liturgia, en 1974), la secesión lingüística no se produjo en la frontera entre Castellón y Tarragona, sino en la de Castellón con Valencia (la Diócesis de Segorbe mantuvo la redacción propuesta para Cataluña), tal y como ocurriese antes de la adopción inicial de las Normas de Castellón (en 1932) tras la aprobación de las nuevas ortografía y gramática del catalán por parte de Pompeu Fabra.

La conflictividad anticatalanista surgió desde algunos grupos minoritarios y extremadamente violentos (durante los primeros años de la Transición y hasta que el Estatuto fue aprobado definitivamente en el Congreso de los Diputados con las modificaciones exigidas por los sectores minoritarios y más radicales del valencianismo se llegaron a enviar paquetes-bomba –entre otros ataques violentos– a personajes públicos como Joan Fuster o Manuel Sanchís Guarner) y fue parcialmente seguida y aprovechada electoralmente (moderando el radicalismo de otras fuerzas como Unión Regional Valenciana) por la UCD salida del régimen para afianzarse como fuerza política en la Comunidad Valenciana y forzar la modificación del Estatuto valenciano en el Congreso de los Diputados.

Todo se precipitó tras admitirse en la Constitución la oficialidad de las demás lenguas españolas. En mayo de 1979, en Valencia, instituciones como “Lo Rat Penat” o la Junta Coordinadora de Entidades Culturales del Reino de Valencia iniciaron públicamente el discurso de la colonización catalanista cuando el Consejo Preautonómico intentó aprobar como bandera autonómica la bandera de la Corona de Aragón, coincidente con la bandera catalana; esa bandera fue la que se aprobó como símbolo en la primera redacción del Estatuto de Autonomía del País Valenciano, pero el consenso alcanzado fue roto tras las modificaciones al mismo que se introdujeron en el Congreso de los Diputados, fijándose finalmente como bandera autonómica otra con una franja azul (otorgada a la ciudad de Valencia por Pedro el Ceremonioso) y alterándose el nombre de la autonomía por el actual (Comunidad Valenciana).

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El destino final de una corriente ideológica que no aceptaba la unidad nacional de España por convicción («somos valencianos porque somos españoles y somos españoles porque somos valencianos», decían públicamente), sino como mera forma de alejarse a toda costa del fantasmagórico imperialismo catalanista que había de devorar la identidad valenciana, fue el lógico en este tipo de populismos minoritarios: tras unos años de perogrulladas catalanófobas de su diputado por la ciudad de Valencia, Unión Valenciana (heredera del núcleo duro de aquel regionalismo más anticatalán que valencianista, que ya en las primeras elecciones demostró sus filias al coaligarse con la Alianza Popular del ex-ministro franquista Manuel Fraga Iribarne) acabó desintegrándose y siendo asimilada por el Partido Popular.

Eso sí, por el camino consiguieron arrasar con todo amago de pancatalanismo en la ciudad de Valencia, incluyendo a la asociación cultural más prestigiosa de la misma, que en 1979, como colofón y en colaboración con la Academia de Cultura Valenciana (que escribía todos sus artículos en castellano, excepto los de la sección de filología), aprobaría unas nuevas ortografía y gramática de la lengua valenciana para diferenciarla lo máximo posible del catalán; serían las que más tarde se llamarían las Normas del Puig (aprobadas en 1981), muy poco utilizadas incluso entre sus propios firmantes, pero consideradas un hito histórico entre los valencianistas: la ruptura definitiva con las normas ortográficas y gramaticales del catalán y la secesión de hecho de una comunidad lingüística. Los valencianistas de la ciudad de Valencia consiguieron imponer al resto de provincias el dialecto de su ciudad, la bandera de su ciudad y el nombre de su ciudad.

Los peligros de la unión política entre regiones colindantes con un mismo idioma, principal preocupación para la unidad e indivisibilidad de España, parecían haberse neutralizado; los discursos sobre la superioridad lingüística del castellano y el intenso trabajo para la secesión lingüística de comunidades limítrofes habían dado sus frutos. Y así estamos aun hoy.

Así pues, hoy el desequilibrio en favor del castellano y de los castellanohablantes está ya plenamente restablecido, rehabilitándose la unidad y la grandeza de España perdidas por la permisividad que se les había otorgado a los no castellanohablantes; y digo que se ha restablecido la España una y grande, pero no voy a decir que se haya restablecido la España libre, porque yo soy uno de los españoles a quienes las instituciones de mi país me consideran menos libre (con más obligaciones) que un castellanohablante.

Hoy ya pueden decir, de nuevo, que España es una, grande… y castellana.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Dejad que los borregos se acerquen a mí

España se rompe, si no está rota ya. Esta vez sí, pero no por los independentistas catalanes, sino por la crisis. Y no por la crisis económica (que ha ayudado al aumento de la conflictividad social), sino por la crisis ética generalizada. Y no sólo por la crisis ética de los políticos (que también), sino por la deriva que lleva tomando todo el sistema socioeconómico en el que hemos vivido durante largos años y que ha conseguido modificar y distorsionar nuestra percepción de la realidad, adaptándola a criterios estrictamente económicos. Y no sólo se rompe España, sino que también se rompe Europa, donde los socios parecen más enemigos que socios.

Nuestro presidente (Mariano Rajoy Brey, gallego y ex-Ministro del Interior como Manuel Fraga Iribarne) tuvo palabras de agradecimiento hacia los ciudadanos que no se manifestaron el 25-S (ni el 11-S, ni el 15-S, ni el 29-M, ni el 15-M…); a nuestro presidente le gustan la tranquilidad en las calles, la paz social… los ciudadanos-borrego: aquéllos que se toman unas cervezas con los amigos en el bar mientras cuentan (en la intimidad) cómo les han bajado el sueldo gracias a la abolición expresa de los convenios colectivos que permite la reforma laboral de nuestro presidente, a la vez que expresan su preocupación (en la intimidad) porque a su pareja la han echado a la calle al aplicarle uno de los nuevos expedientes de regulación de empleo de los permitidos en esa reforma laboral que iba a solucionar el problema del paro español, y que al acabar la charla con sus amigos se van a casa a compartir las penas con la abuela que les está pagando la hipoteca de una casa que ya no utilizan para no malgastar luz ni agua.

A nuestro presidente le gustan esos ciudadanos-borrego que tan pronto se aferran a la Constitución para evitar el aprendizaje de una lengua oficial que no es la suya como justifican la vulneración de la legislación por parte de unos agentes de la autoridad que, en cuanto se ponen el casco y la porra, esconden su obligatoria identificación para no ser castigados ante los más que evidentes abusos de poder grabados y publicados por testigos presenciales a quienes, por si fuera poco, se ignora reiteradamente en sede judicial para evitar que los delincuentes inidentificables puedan ser debidamente castigados.

Y como a nuestro presidente le gustan esos ciudadanos-borrego que agachan la cabeza o miran hacia los catalanes cuando sus medidas políticas no sólo no marchan bien, sino que arruinan económicamente y anulan socialmente a los ciudadanos, sean borregos o no, todas las instituciones parecen haber tomado buena nota de los dictatoriales gustos presidenciales y no han tardado en darle una agradable sorpresa al paisano de Manuel Fraga Iribarne: prohibir que los ciudadanos díscolos se descarríen del rebaño.

Primero fue la Secretaria General del PP, María Dolores de Cospedal, con la inestimable ayuda de la caverna mediática, la que acusó de golpistas a miles (6.000 según la Delegación del Gobierno en Madrid, 900.000 si comparamos las fotografías con otros actos organizados por las instituciones) de ciudadanos díscolos y desarmados hartos de que sus impuestos (un 50% –el IRPF y el IVA– más altos hoy que en 2010) vayan a parar íntegros a rescatar cajas de ahorros y bancos que manejaron a su antojo los enchufados de turno impuestos a dedo por quienes estaban al frente de este país de pandereta.

La maquinaria del Estado al completo inició, en público a través de la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, pero en paralelo y bajo secreto sumarial también a través de la Audiencia Nacional, la ofensiva definitiva para acabar con el derecho de manifestación y de reunión de los ciudadanos díscolos al considerar que la actual regulación es excesivamente permisiva, por lo que se hace imprescindible limitarla (el eufemismo elegido fue “modularla”, que según el Diccionario de la RAE sería “modificar los factores que intervienen en un proceso para obtener distintos resultados”). Así, al tiempo que se hacía pública la persecución y el intento de aterrorizar (bajo amenaza de ser acusados de atentar contra las altas instituciones del Estado, con penas de hasta 5 años de cárcel) a los organizadores y financiadores de la manifestación del 25-S, el nuevo presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, respaldaba esa misma limitación al derecho de manifestación, y en el mismo sentido se manifestaría incluso el Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce.

El derecho de manifestación, sobradamente modulado tanto por el Tribunal Constitucional como por el Tribunal Supremo, está en peligro. Y los ciudadanos-borrego que quiere nuestro presidente (y que ya tuvo Manuel Fraga Iribarne aplicando las mismas técnicas de violencia institucional y de terrorismo estatal) están de acuerdo en eliminarlo. Es cosa del siglo XIX, dicen. En el siglo XXI triunfa el silencio como forma de protesta ciudadana: las mayorías siempre son silenciosas, dicen. Será que el vasallaje y la esclavitud de la Edad Media vuelven a estar de moda. ¿O será el ganado ovino lo que se lleva hoy?

sábado, 29 de septiembre de 2012

Fascismo lingüístico

El fascismo lingüístico es definido (al menos en España) como aquél que imponen los poderes públicos a ciudadanos a los que se les obliga a utilizar o a saber un idioma que no es el suyo.

“La señalización y los carteles de información general de carácter fijo y los documentos de oferta de servicios para las personas usuarias y consumidores de los establecimientos abiertos al público han de estar redactados, al menos, en catalán” (artículo 32.3 de la Ley de Política Lingüística de Cataluña)1.

Esa obligatoriedad del idioma es considerada por los castellanoparlantes como ejemplo de la persecución del castellano en Cataluña y del carácter fascista de este tipo de imposiciones. Nada que ver, por supuesto, con la legislación que amablemente nos indica a los no castellanoparlantes qué idioma estamos obligados a conocer.

“El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla” (artículo 3.1 de la Constitución Española).

Nada que ver tampoco con la legislación comercial o mercantil, por supuesto; por ejemplo, en materia de nombres comerciales y marcas:

“Tanto la solicitud como los demás documentos que hayan de presentarse en la Oficina Española de Patentes y Marcas deberán estar redactados en castellano. En las Comunidades Autónomas donde exista también otra lengua oficial, dichos documentos, además de en castellano, podrán redactarse en dicha lengua” (artículo 11.9 de la Ley de Marcas).

O, por ejemplo, en materia de etiquetado, presentación y publicidad al consumidor de los productos que se venden al público:

“Todas las inscripciones a las que se ha hecho referencia deberán figurar, al menos, en castellano, lengua española oficial del Estado” (artículo 8.1 del Real Decreto 1468/1988).

Por supuesto, esto no es fascismo lingüístico. Esto es normal en Cataluña, en el País Vasco o en la Comunidad Valenciana porque es normal en Madrid, en Sevilla o en Valladolid; y como todos somos españoles, la obligación nos incumbe a todos.

Ahora bien, lo que persigue el fascismo lingüístico (el catalán, claro) es discriminar a los castellanoparlantes, y de ahí que una norma catalana se atreva a imponer obligaciones a ciudadanos españoles que residan en Cataluña, coartando sus derechos individuales como ciudadanos españoles (que no como ciudadanos catalanes). ¿Y cómo se hace esto? Pues muy fácil: los poderes públicos catalanes consideran que el territorio catalán y la lengua catalana tienen derechos propios y que, además, esta última es propia de Cataluña (siendo por lo tanto la lengua castellana una lengua impropia):

“El catalán, como lengua propia de Cataluña, lo es también de la enseñanza, en todos los niveles y las modalidades educativas” (artículo 20.1 de la Ley de Política Lingüística de Cataluña).

Pero la cuestión de la impropiedad tiene mucha más miga; puesto que ni la lengua ni el territorio pueden tener derechos propios, los castellanoparlantes han puesto el grito en el cielo: si son los ciudadanos los que tienen derechos, a lo que se refieren los catalanes con la lengua propia no es a la lengua, sino a los catalanoparlantes, luego los castellanoparlantes son considerados por los catalanes una especie de ciudadanos impropios. Puro fascismo xenófobo o nacionalismo reaccionario, dependiendo del calificativo que más guste utilizar contra el ojiplático español no castellanoparlante que alguna vez se haya encontrado con esta argumentación; una invención artificiosa del independentismo para vengarse de los trescientos años de prohibición del catalán en todo lo relacionado con lo público (incluida la enseñanza), por tres siglos de uniformidad lingüística a favor del castellano.

“La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, el catalán es la lengua de uso normal de las Administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza” (artículo 6.1 del Estatuto de Autonomía de Cataluña).

“Con la denominación de lengua propia de un territorio se hace referencia al idioma de la comunidad históricamente establecida en este espacio” (artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos).

Pero nada mejor que un gran discurso en el Congreso de los Diputados, el pasado 25 de septiembre, para conocer de primera mano esta argumentación:

“La lengua materna desapareció como objeto de interés educativo y como objeto legislativo y se convirtió en un extraño objeto llamado la lengua propia. ¿Qué es la lengua propia? La lengua propia es evidentemente algo que se define por contraste. En aquellas comunidades políticas en que hay más de dos lenguas comunes —comunes quiero decir a esa comunidad—, como son las comunidades bilingües, se decide que una de ellas es propia y que la otra es ¿qué? Evidentemente impropia; una lengua que, como suelen repetir de una manera verdaderamente machacona pero no por eso menos mentirosa, habitual en textos, discursos y explicaciones de estas políticas lingüísticas, se ha ido imponiendo en aquella comunidad por la coacción, la violencia, la persecución de la otra, etcétera” (el diputado por UPyD, Sr. Martínez Gorriarán, en la sesión plenaria del Congreso del 25 de septiembre de 2012).

He de decir que es la primera vez que oigo o leo a un representante político, dentro de la sede de la soberanía española, negar que algunas lenguas fueran expulsadas durante siglos de la vida pública por coacción, por violencia o por persecución, acusando de mentirosos a quienes se atrevan a decir lo contrario.

“He juzgado conveniente (así por esto como por mi deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y Tribunales, gobernándose igualmente todos por las leyes de Castilla tan loables y plausibles en todo el Universo) abolir y derogar enteramente, como desde luego doy por abolidos y derogados, todos los referidos fueros, privilegios, práctica y costumbre hasta aquí observadas en los referidos reinos de Aragón y Valencia; siendo mi voluntad, que éstos se reduzcan a las leyes de Castilla, y al uso, práctica y forma de gobierno que se tiene y ha tenido en ella y en sus Tribunales sin diferencia alguna en nada” (Decretos de Nueva Planta de Felipe V, del año 1707).

Desde 1707 hasta 1978, el valenciano estuvo siempre sometido al régimen legal de Castilla, donde la única lengua oficial existente siempre había sido el castellano; en algunos períodos pudo pervivir en ámbitos literarios o poéticos y en otros fue directamente prohibido y relegado al ámbito privado. Y sin embargo, no desapareció; se mantuvo como lengua viva allí donde se venía hablando desde antes de su relegación ante el castellano. Eso es la lengua propia que no entienden en UPyD: la que ha pervivido al margen de la oficialidad, sólo y exclusivamente por el uso habitual y personal entre las gentes de esos lugares (como lengua franca), que prefirieron durante siglos seguir usando su lengua (la propia) antes que la oficial y ajena a ellos (impropia). La misma lengua que utilizó Jaime I en el siglo XIII para escribir su crónica y la misma que utilizaba Fernando el Católico, junto al latín, en sus registros reales.

Pero algunos (en este caso UPyD, aunque es algo bastante generalizado entre los castellanoparlantes) tampoco consiguen entender el concepto de normalización lingüística; obviamente, en este caso se trata de una percepción desde la perspectiva de la lengua dominante, que sus hablantes consideran la más normal, no sólo para ellos, sino también para los hablantes de las lenguas sometidas. Pero volvamos al Congreso de los Diputados de nuevo para observar la argumentación de primera mano.

“La normalización lingüística parte de un axioma o, mejor dicho, de una percepción que no tiene nada que ver con la realidad, y es la siguiente: las sociedades bilingües en realidad son sociedades anormales. El bilingüismo es un periodo de transición hacia la recuperación de lo que debería ser, que es una forma de monolingüismo, al menos desde el punto de vista de las instituciones, institucional. De manera que poco a poco, con la compra masiva, con gran éxito, de este concepto de lengua propia y con la aceptación también generalizada del concepto de normalización lingüística fuimos a acabar sustituyendo los derechos de las personas, de los hablantes de las diferentes lenguas, que son los únicos que tienen derechos, por una construcción desde el punto de vista democrático completamente aberrante, que es la idea de que las que tienen derechos son las lenguas. […] Lo que buscaba la normalización, como decía, era convertir en normal lo que aparentemente no lo era. Realmente, es un objetivo completamente impropio de cualquier democracia en sus muchas variedades. […] Supongo que a estas alturas a nadie se le escapará, aunque todo es posible en este bendito país, que esto tampoco era una política meramente romántica ni meramente idealista ni carente de objetivos. Tenía y tiene objetivos bien claros y bien concretos. La idea de acabar con la lengua común no es otra que el primer paso para acabar con la comunidad política” (el diputado por UPyD, Sr. Martínez Gorriarán, en la sesión plenaria del Congreso del 25 de septiembre de 2012).

La idea idílica de que el bilingüismo sería lo normal y deseable en una sociedad hace décadas que ha sido descartada por los lingüistas por tratarse de un fenómeno que no se da en ninguna comunidad; el bilingüismo se ciñe actualmente al individuo, mientras que ese utópico e inexistente bilingüismo social se llama hoy diglosia y no reconoce en ningún caso una igualdad en el rango de las lenguas, existiendo siempre una lengua dominante (por su carácter oficial, que no siempre por su uso real) y otra u otras relegadas a situaciones socialmente inferiores (de carácter meramente privado o folklóricas). Esta relegación fue la situación del valenciano o del catalán a lo largo de casi 300 años y este es el motivo por el cual se justifica la normalización lingüística de las lenguas que se habían venido utilizando desde siglos atrás en Cataluña o en Valencia y que, aun suplantadas forzosamente por la lengua de Castilla, han conseguido mantener su uso hasta nuestros días.

Claro, que puestos a arrasar con las lenguas no castellanas, algunos son capaces incluso de afirmar que la oficialidad del catalán siempre fue una invención del independentismo, negando por lo tanto que el catalán pudiese ser una lengua usada en algún territorio concreto; lástima que existan demasiados documentos, algunos de ellos incluso digitalizados y accesibles a cualquiera, que demuestran que no existe invención alguna en esa oficialidad (por orden, se reproducen varios documentos de los siglos XIII –un extracto del Llibre dels Feyts del rei en Jacme escrito entre 1244 y 1274–, XV –una carta del Maestre de Montesa al Rey de 1417 y otra en sentido contrario de 1426–, y XVII –un extracto de la resolución de un conflicto del municipio castellonense de Càlig de finales de siglo y principios del siguiente, justo antes de la prohibición del valenciano–):

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Cancillería Cartas Reales

Cancillería Cartas Reales

Acte de Transacció i Concòrdia

Al ser las evidencias del uso habitual del catalán en las relaciones tanto entre instituciones, como en materia jurídica o en cuestión de resoluciones de conflictos locales tan claras, los argumentos en contra de la normalización lingüística han de tomar también otros datos más actuales para intentar encontrar alguna justificación a las afirmaciones sobre la discriminación del castellano frente al catalán; se trata de los datos sobre conocimiento y uso del catalán elaborados por la propia Generalitat:

Idescat. BEMC. Catalunya. Població segons coneixement del català.Taxes

Que en Cataluña hubiese en 2008 un 20% de personas totalmente analfabetas respecto a una de sus dos lenguas oficiales (el catalán, por supuesto) y que un 40% tampoco supiera escribirlo podrá ser considerado por algunos como la justificación del final de esa normalización lingüística por haberse cumplido ya los objetivos de la misma.

En la Comunidad Valenciana, con una política lingüística más laxa respecto al valenciano, los datos son estos:

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En algunas zonas valencianoparlantes (esta encuesta sobre conocimiento de las lenguas no se hace en las zonas castellanoparlantes de la Comunidad Valenciana, puesto que los resultados serían aun más escandalosos), el 68% de la población es completamente analfabeta en una de las dos lenguas oficiales (el valenciano, por supuesto), y en el mejor (por decir algo) de los casos hay un 35% de analfabetos en valenciano; y si nos atrevemos a comprobar el nivel escrito de los valencianoparlantes en 2010, hay zonas (valencianoparlantes) en las que es el 85% de la población la que no sabe escribir valenciano.

Siguiendo el argumento conspiracionista del diputado de UPyD que hemos visto antes (“esto tampoco era una política meramente romántica ni meramente idealista ni carente de objetivos. Tenía y tiene objetivos bien claros y bien concretos. La idea de acabar con la lengua común no es otra que el primer paso para acabar con la comunidad política”), también podríamos afirmar que a nadie se le escapa que el objetivo de los castellanoparlantes de acabar con las lenguas “no comunes” formaría parte de una estrategia para mantener atados a los ciudadanos no castellanoparlantes al proyecto de una España/Castilla al nivel de los tiempos del gran imperio. Por eso es este el mapa lingüístico al que quieren llegar los castellanoparlantes: al analfabetismo valenciano, sabedores de que la supuesta igualdad de una lengua oficial obligatoria con una lengua oficial no obligatoria (la idílica utopía del bilingüismo social perfecto) siempre se decanta hacia la primera y jamás hacia la segunda.

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Si comparamos las cifras de analfabetos completos (los datos son de 2001, por lo que debemos suponer que estas cifras serán inferiores en los años de referencia tomados para Cataluña –2008– y Comunidad Valenciana –2010–) con los datos de analfabetos en la otra lengua oficial, comprobaremos que en la Comunidad Valenciana se llega a niveles de analfabetismo en valenciano muy cercanos a los niveles de analfabetismo completo existentes en el año 1900. Podríamos decir que la política lingüística valenciana les ha salido muy a cuenta a muchos españoles castellanoparlantes para saltarse a la torera la existencia de otra lengua oficial: es oficial, pero menos. Eso sí les gusta a los castellanoparlantes. Y que quede bien claro siempre que se dé la ocasión.

Los grandes defensores de la lengua castellana deberían sonrojarse cada vez que dicen que la normalización lingüística es discriminatoria o que los modelos menos intervencionistas son mucho mejores: lo único que resulta vergonzoso son las cifras de analfabetismo existentes en una de las dos lenguas oficiales; el idílico bilingüismo social, ya lo ven, no existe, pero los castellanoparlantes prefieren el analfabetismo a la imposición. ¿Alguna solución a ese analfabetismo? Pues no, no la hay para los castellanoparlantes, porque ese no es su problema: la alfabetización se hace con su lengua o no se hace; suficiente hacen con permitirnos a los no castellanoparlantes que las otras lenguas españolas (eso dice la Constitución) puedan ser una asignatura más. Porque la Historia de España es la Historia de Castilla y el castellano es la lengua de todos los españoles, y ser analfabeto en valenciano es algo así como suspender latín.

Pero por si los datos de analfabetismo no fueran suficientemente clarificadores, ahora llegaron las absurdas sentencias del Tribunal Supremo acerca de la reintroducción de la lengua materna en la educación, contradiciéndose con toda la jurisprudencia anterior en base a… ¡¡¡que la normalización lingüística ya está completada y ya no es necesaria!!!

“Esa política lingüística tendente a la normalización de la lengua propia de Cataluña en todos los ámbitos de la sociedad catalana sin duda ha dado sus frutos y conseguido sus objetivos legítimos. Pero no puede ir más allá hasta el punto de negar la realidad de la convivencia armónica de ambas lenguas cooficiales en Cataluña intentando ignorar el deber constitucional de todos los españoles de conocer el castellano y el correlativo derecho a usarlo. […] De ahí que no pueda aceptarse la exclusividad en estos momentos del catalán como lengua única vehicular en la enseñanza” (Sentencia 2773/2011 del Tribunal Supremo, entre otras).

Pero unos párrafos después se afirma:

“Esta declaración abre un interrogante acerca de cuál deba ser la proporción en la que se incorpore el castellano como lengua vehicular al sistema de enseñanza en Cataluña. La determinación de la misma y su puesta en práctica corresponde acordarla a la Generalidad de Cataluña, de modo que si el Gobierno de la misma creyese que el objetivo de normalización lingüística estuviera ya conseguido, ambas lenguas cooficiales deberían ser vehiculares en la misma proporción y si, por el contrario, se estimase la existencia aún de un déficit en ese proceso de normalización en detrimento de la lengua propia de Cataluña, se debería otorgar al catalán un trato diferenciado sobre el castellano en una proporción razonable, que, sin embargo, no haga ilusoria o simplemente constituya un artificio de mera apariencia en la obligada utilización del castellano como lengua vehicular” (Sentencia 2773/2011 del Tribunal Supremo, entre otras).

¿Cómo se puede negar ”la exclusividad en estos momentos del catalán como lengua única vehicular” basándose en que la política lingüística "sin duda ha dado sus frutos y conseguido sus objetivos legítimos” y a continuación otorgarle al Gobierno de la Generalitat la decisión sobre si el objetivo de la normalización lingüística está ya conseguido o aun no? ¿No lo ha afirmado tajantemente ya el Tribunal Supremo unos párrafos antes para justificar un viraje total en sus anteriores criterios sobre este mismo asunto? ¿Qué tipo de mandato es ese? ¿Esto es forma de razonar una sentencia?

Parece obvio que todas las instituciones castellanas han entrado de lleno en el juego político anticatalán; o al menos lo parece, dadas las flagrantes contradicciones jurídicas que se observan para negar lo que hasta ahora había sido la norma y cambiando completamente de criterio jurídico. Los tribunales españoles han decidido en base a criterios contradictorios que 30 años son más que suficientes para compensar lo que el absolutismo y las dictaduras uniformadoras intentaron en 300 sin conseguirlo, por lo que el castellano ha de recuperar de nuevo el terreno perdido durante estos años de permisividad castellana; la Historia de España se escribe ahora desde el Tribunal Supremo.

Y resulta curioso que toda la cuestión lingüística contra lo catalán haya vuelto a la virulencia cuando el invento castellano del falso valencianismo lingüístico creado el mismo año que el primer Estatuto catalán (1979) se haya venido completamente abajo por el peso de la razón.

¿Fascismo lingüístico, dicen? No, no es sólo eso. Son genocidas lingüísticos. Ayer, hoy y mañana. El castellano es la lengua de todos los españoles. Eso dice la Constitución. Los demás españoles tenemos el permiso de Castilla para hablar la nuestra, pero sólo dentro de nuestro redil. Lo aceptamos y firmamos la Constitución. Renunciamos a que se nos reconociera como ciudadanos españoles con todos nuestros derechos en todo el Estado. Pero el castellano es mucho castellano:

“Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora” (Antonio Machado – A orillas del Duero).

Cerraré con las palabras de otro diputado, el único que argumentó jurídicamente la aberración propuesta por UPyD debatida el 25 de septiembre. Me tomaré la libertad de hacer un extracto de su intervención, respetando la secuencia, aunque eliminando algunas partes para hacerlo más comprensible (el original completo puede consultarse aquí):

“Lo primero que persigue el grupo proponente es constreñir y desapoderar por la puerta de atrás a las comunidades autónomas con lengua propia del uso y el ejercicio de esa competencia, sencillamente porque discrepa en términos políticos de cómo la han ejercido y porque desea imponer un modelo que no es el que mayoritariamente ha querido esta Cámara cuando se ha pronunciado a través de la ley, han querido los parlamentos autonómicos cuando lo han hecho y, sobre todo, ha querido la gran mayoría de los ciudadanos de este país que viven a diario bajo un régimen de cooficialidad lingüística que, además, ha sido reiteradamente fiscalizado y auditado en su validez jurídica por nuestro Tribunal Constitucional. ¿Y cómo persiguen ese fin? Lo hacen presentándonos una proposición de ley orgánica de desarrollo de un derecho fundamental, desconociendo que el artículo 81 de nuestra Constitución nunca puede ser entendido como un título atributivo de competencias.

Como suele ocurrir en todas aquellas tendencias que prefieren aminorar las diversas sensibilidades que existen en nuestro país, la iniciativa acoge deliberadamente una lectura descontextualizada de los artículos 14 y 139.1 de la Constitución. Es cierto que el artículo 139.1 de la Constitución dice que todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado. Pero es obvio que en un Estado políticamente descentralizado, como ya señaló el Tribunal Constitucional desde la tempranísima sentencia 37/1981, y desde entonces hasta hoy, no puede hacer que este artículo se entienda como un principio de uniformidad, porque sería contrario a la esencia misma del modelo descentralizador y de nuestra forma de Estado. Por tanto, igualdad no es uniformidad. Y no lo es tampoco en el ámbito de los derechos constitucionales, según ha puesto de relieve el propio tribunal en su sentencia 247/2007.

El artículo 14 de nuestra Constitución contiene dos principios diferentes que, por cierto, la proposición entremezcla con escaso rigor técnico. Por una parte, el principio de igualdad en sentido tradicional, es decir, como aquel que exige que la ley se aplique a todos por igual. En este sentido, la igualdad sería la ausencia de privilegios. Y, por otra parte, la igualdad es entendida también en nuestro artículo 14 como tutela antidiscriminatoria, es decir, como un derecho y como una política pública orientada a reaccionar frente a ciertas bolsas de discriminación que, a pesar de la literalidad de la ley, persisten en las sociedades democráticas. Pues bien, con arreglo a esta idea, el principio de igualdad supone tratar igual lo que es igual pero al tiempo tratar de manera diferente lo que es distinto, y más aún, intentar favorecer a quien se encuentre en posición de desventaja. Ese es el mandato del artículo 14 de nuestra Constitución.

El constituyente de 1978 reconoció a otras lenguas distintas del castellano el estatuto constitucional de lengua oficial, con el objeto de impedir la marginación y el acoso que habían sufrido en el pasado, evitando así la humillación que padecían todos aquellos españoles que la seguían utilizando como lengua propia, y lo hizo estableciendo un principio absolutamente clave, el de territorialidad, que es bien fácil de entender. Un valenciano, un gallego, un vasco o un catalán tienen derecho a utilizar plenamente su lengua en su territorio, en el territorio de su comunidad autónoma; sin embargo, aun siendo españoles y aun siendo titulares del derecho a la libre elección de lengua, no pueden hacerlo fuera del territorio de la comunidad. Esta es la regla de territorialidad que ha establecido el constituyente. Ese es el punto de equilibrio del artículo 3 de nuestra Constitución: pleno derecho al uso de la lengua propia, pero solo dentro del ámbito de la comunidad. Evidentemente, señorías, este principio de territorialidad no es unidireccional, por eso también tiene su correlato en todas aquellas personas que residen en una comunidad autónoma con lengua oficial distinta del castellano y que optan por utilizar esta última. Al igual que sobre los primeros, también sobre ellos pueden recaer ciertas condiciones de ejercicio en relación con su derecho a la libre elección de lengua que son consideradas, precisamente en atención al fin constitucionalmente perseguido, como condiciones de ejercicio razonables, proporcionadas y que se ajustan a las previsiones de la Constitución y de las leyes. Por tanto, en estos casos, señorías, no hay discriminación ni un trato desigual, lo que hay son posiciones jurídicas distintas derivadas del principio de territorialidad y de la necesidad de hacer compatible derechos lingüísticos de todos los españoles, de todos, cuando convergen en un territorio donde hay dos lenguas oficiales” (el diputado por el PSOE, Sr. Caamaño, en la sesión plenaria del Congreso del 25 de septiembre de 2012).


(1): Si has pasado a la nota antes de acabar de leer la entrada, vuelve donde estabas leyendo. Lee esta nota al final.

El artículo 32.3 de la Ley de Política Lingüística de Cataluña reproducido al principio no está completo; le falta la frase final:

“Esta norma no se aplica a las marcas, a los nombres comerciales y a los rótulos amparados por la legislación de la propiedad industrial”.

Es decir, que en realidad, las marcas y los nombres comerciales (lo que se conoce en realidad como los rótulos de los establecimientos, que no son lo mismo que los carteles informativos ni la señalización) vienen regulados por la Ley 17/2001, de 7 de diciembre, de Marcas, cuyo artículo 11.9 dice:

“Tanto la solicitud como los demás documentos que hayan de presentarse en la Oficina Española de Patentes y Marcas deberán estar redactados en castellano. En las Comunidades Autónomas donde exista también otra lengua oficial, dichos documentos, además de en castellano, podrán redactarse en dicha lengua”.

Más de uno se habrá quedado  de piedra, ¿verdad? Los rótulos con el nombre comercial o la marca deben figurar obligatoriamente, al menos, en castellano. Por eso Bancaixa también fue Bancaja.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Interpretar las imágenes de una manifestación

Dada la inmensa cantidad de imágenes que publican los medios de comunicación y que van rondando por las redes sociales, todas ellas mostradas casi en tiempo real, cada vez resulta más difícil interpretarlas; es el problema de la sobreinformación a la que estamos sometidos los ciudadanos, que por una parte nos permite conocer mucho mejor nuestro entorno, pero al mismo tiempo nos apabulla con las diferentes percepciones e interpretaciones que se le pueden dar a un mismo hecho.

Algunos recordarán esta imagen, correspondiente a las cargas policiales que se realizaron en la protesta estudiantil frente al Lluis Vives de Valencia el pasado 20 de febrero, y que fue rondando por las redes sociales Twitter y Facebook acompañada de comentarios que afirmaban que la policía cargó incluso contra ciegos ajenos a las protestas; muchos fuimos los que nos indignamos ante esa actuación de la policía y reproducimos la fotografía con el comentario incluido. Hasta que alguien nos avisó de que lo que llevaba el señor de la fotografía no era un bastón de ciego (la fotografía estaba recortada por ambos extremos y con la perspectiva parecía un bastón), sino una porra que le había robado previamente a uno de los policías para que no la utilizase contra los manifestantes.

Pero en algunos medios de comunicación llegaron a afirmar que el señor de la fotografía (que perdió las gafas de vista durante el forcejeo, por lo que tampoco era ciego) agredió al policía con la porra que le había quitado, lo cual tampoco era cierto (el señor le quitó la porra y el policía se abalanzó sobre él para recuperarla, sin que llegase a ocurrir nada más).

He aquí un ejemplo de cómo una misma imagen puede llegarnos con dos interpretaciones completamente opuestas, cambiando las figuras de agresor y agredido según cada versión.

La manifestación del 25-S, con las violentas cargas policiales en respuesta primero al intento de derribar las vallas que impedían el paso hacia el Congreso de los Diputados y después a la agresión de un grupo organizado de manifestantes que portaban banderas rojas y negras sin insignia alguna, no fue una excepción.

En la galería fotográfica de El País referente a esa cargas policiales, encontrábamos esta fotografía, cuyo pie rezaba “El dueño de un restaurante se enfrenta con quienes lanzan objetos a su establecimiento”:

Sin embargo, en las redes sociales existe otra fotografía del mismo señor en la que el comentario es bien distinto: “Dueño de bar protege a la gente que se refugia de las cargas e impide que la policía entre”:

Estamos de nuevo ante dos interpretaciones distintas sobre unos mismos hechos: o el dueño del bar protegía a los manifestantes o los manifestantes le lanzaban objetos a su bar. En este caso no son dos opciones totalmente contrapuestas, porque pudieron impactar en el bar algunas piedras lanzadas contra los policías que se acercaron para entrar en el local (ninguna de las fotografías originales mantiene los datos de la hora de captura, por lo que desconocemos la secuencia), pero es obvio que en ambos casos nos faltan los datos que, seguramente, nos aclararían qué es lo que ocurrió exactamente con este señor y con su bar.

Y si ya es difícil optar por una u otra interpretación cuando se trata de un protagonista fotografiado a cara descubierta, interpretar una fotografía cuyos actores van encapuchados se hace casi imposible.

Una multitud de páginas web y de mensajes en las redes sociales denuncian que quienes iniciaron las agresiones que provocaron la segunda carga policial de ayer fueron agentes infiltrados; la actuación de los agresores es sin duda bastante extraña, porque aparecieron de la nada con banderas rojas y negras sin ningún tipo de insignia o identificación y sólo recibieron golpes los que intentaron que la policía no se los llevara detenidos.

La fotografía anterior muestra el inicio de la carga tras la agresión del grupo organizado que portaba las banderas; la policía detiene a continuación a al menos dos de los portadores de esas banderas, limitándose a arrastrarlos hacia los furgones, sin levantarles en ningún momento la capucha y sin que la resistencia ofrecida por los detenidos fuese respondida con los ya típicos porrazos, que fueron a parar únicamente contra un señor que cogió del brazo a uno de los detenidos.

25S - Infiltrados - Los encapuchados detenidos no se llevaron ningún porrazo

25S - Infiltrados - Encapuchado con pantalones marrones detenido

Poco después, aparecerían tres encapuchados deteniendo a otro manifestante; y ahí es donde aparecen las suspicacias. De hecho, existen coincidencias entre la vestimenta de los primeros detenidos (en concreto, los pantalones marrones que se pueden ver en la última fotografía) y los infiltrados que detienen al otro manifestante, igual que existen también algunas diferencias (el manifestante al que coge del brazo el señor que se llevó todos los porrazos tiene una inscripción en la espalda que no coincide con ninguno de los tres encapuchados que detienen con posterioridad a otro manifestante).

25S - Infiltrados - Encapuchado con pantalones marrones detiene a un manifestante

Es obvio que ninguna de las imágenes puede ser concluyente, puesto que a ninguno de los encapuchados se les puede identificar, pero sí existen dudas acerca de la extraña actuación del grupo organizado de las banderas rojas y negras y de la amable forma en la cual se les detiene.

Personalmente, prefiero pensar que quienes iniciaron las agresiones fueron ajenos a quienes trabajan para defender a los ciudadanos; de hecho, es lo más posible. Pero la otra opción también es posible. Sólo que mucho más terrorífica, aunque casi imposible de probar. La polémica está servida.

Nota: Sobre las 12:00, El País ha sustituido la fotografía del dueño del bar y el pie de foto (“El dueño de un restaurante intenta proteger a los manifestantes que se encuentran dentro de su establecimiento”):

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La interpretación inicial de El País también es, al parecer, la que se mantiene en RTVE:

martes, 25 de septiembre de 2012

La generación “des”

Pueden ir bautizando a cada tramo de 10 ó 15 años con un nombre de generación distinto (la generación “hippy”, la generación del “baby boom”, la generación “X”, la generación “ni-ni”…), pero lo cierto es que esta generación tiene otra característica de mucho más calado humano y social que las características cuantitativas utilizadas para ir bautizando cada década a unos jóvenes que fumaron muchos porros, que tuvieron muchos niños, que no se sabe lo que tuvieron o que, finalmente (la “ni-ni”), ya no tienen nada.

Desde que el sociólogo izquierdista norteamericano Daniel Bell escribiese en 1960 "El fin de las ideologías”, muchas de las anteriores teorías críticas con la ideologización de las sociedades resurgieron de nuevo; aunque con criterios distintos (Daniel Bell afirmó inicialmente que las ideologías estaban cediendo ante la implantación universal de la democracia y de la economía de mercado, aunque poco a poco fue deviniendo en detractor de la lucha de clases y en defensor de la meritocracia), las antiguas ideologías políticas como el nacionalismo integral de Charles Maurras (desarrollado y adaptado posteriormente por otros autores como Gustave Thibon) tomaron fuerza entre los conservadores, deviniendo en la base del actual liberalismo que, siguiendo con esa evolución de las teorías sobre la desideologización de la sociedad, tendría su culmen en Francis Fukuyama y su libro “El fin de la Historia y el último hombre”.

Para hacernos una idea rápida y aproximada de cómo se fue teorizando sobre ese fin de las ideologías y hacia dónde se pretendía desviar el razonamiento humano para sustituir esa ideologización de la sociedad, podemos consultar la transcripción íntegra (son 14 páginas) de una conferencia que realizó el citado Gustave Thibon en 1981 bajo el título “La muerte de las ideologías”.

Cincuenta años después de Daniel Bell podemos asegurar que todas las generaciones occidentales desde entonces comparten algo en común: son la generación de la despolitización, de la desideologización.

Efectivamente, hoy la política ha devenido en una especie de sector económico propio, una actividad destinada a gestionar las variables macroeconómicas y cuyos dirigentes son profesionales especializados en esa actividad (tecnócratas); la política como medio para cambiar las sociedades se ha reducido a minorías sin posibilidad de acceder a los gobiernos, limitándose todo a la mera gestión administrativa de los recursos disponibles en cada país y siempre teniendo en cuenta los intereses (y las exigencias) de otros organismos creados por los grandes grupos financieros y económicos de una economía globalizada que traspasa las tradicionales fronteras entre naciones. En definitiva, la política se ha convertido en una especie de mera adaptación técnica de la legislación a las teorías económicas.

Pero no es, como suele pensarse en demasiadas ocasiones, la política la que ha llevado a la desideologización de las sociedades occidentales, sino al contrario; de todos los autores citados, sólo Francis Fukuyama (que, además, ha renunciado a sus propios postulados: «El neoconservadurismo ha evolucionado en algo que ya no puedo apoyar», dijo en el New York Times Magazine en 2006) es posterior a la caída del comunismo ruso. Todos los demás autores pretendían, de una forma u otra, que la política se convirtiese en lo que se ha acabado convirtiendo, desviando la ideología política hacia otras esferas más o menos abstractas (como la religión, la cultura o la ciencia, dependiendo de cada corriente liberal) y, por lo tanto, sacando de la esfera social (y, sobre todo, económica) la conflictividad ideológica.

Así, el nacionalismo integral de Charles Maurras pretendía crear una sociedad jerarquizada, al margen de la democracia, dirigida por élites elegidas por una especie de monarca o caudillo en el que recaería todo el poder; posteriormente, autores continuistas de esta corriente, como Gustave Thibon, compensarían la necesidad de pensamiento crítico inherente al ser humano con un acercamiento hacia la religión como principal y casi única respuesta a las preocupaciones sociales. Este elitismo, convertido en meritocracia primero y en pura individualidad después, es el mismo que Daniel Bell fue desarrollando tras su obra más conocida, explicando las sociedades en base a dos aspectos complementarios: en la vida rutinaria primarían la eficiencia, la racionalidad funcional y la organización de la producción y, como vía de escape, esas personas eficientes, racionales y organizadas para producir utilizarían la cultura, cada vez más promiscua, más pródiga, más irracional y más hedonista.

Como vemos, la desideologización social (y el déficit de pensamiento crítico que vendría aparejado) pretendía ser sustituida por abstracciones como la religión o la cultura; posteriormente, Francis Fukuyama introduciría la ciencia como remedio a ese déficit de pensamiento crítico aparejado a la desideologización de la sociedad.

A día de hoy, las distintas ramas del neoliberalismo siguen manteniendo esa sustitución de las ideologías como forma de alienación de una sociedad a la que quiere mantener lo más al margen posible de las decisiones políticas; la democracia se ha convertido en una consulta periódica en las urnas para que los ciudadanos, a quienes sobre el papel se les mantiene ilusamente como fuente de soberanía, participen en la vida política de la forma menos lesiva posible para las élites, que son ya las que realmente ejercen la soberanía en nuestras sociedades.

Así, la religión (con un largo historial alienador) se ha mantenido como la sustitución ideológica preferida por las fuerzas políticas más conservadoras (como está ocurriendo actualmente en España, donde las únicas decisiones políticas al margen de las económicas se ciñen a los principios religiosos antiabortistas u homófobos, a la sustitución de la protección social del Estado por la caridad cristiana de algunos de sus ciudadanos o a la educación en valores morales emanados de la Iglesia católica), mientras que las fuerzas políticas menos conservadoras se centran más en el acceso universal a la cultura (donde se incluyen los espectáculos deportivos y taurinos) o a la ciencia, dejando en cualquier caso las decisiones sobre la organización productiva o las condiciones socioeconómicas de sus propios ciudadanos en manos de los tecnócratas del gobierno de turno (en el mejor de los casos) o en manos de instituciones que están al margen de la democracia y al margen, por lo tanto, de posibles responsabilidades que puedan ser exigidas por alguna parte de la sociedad ajena a las élites.

En definitiva, estamos ante una generación desideologizada durante varias décadas, alejada forzosamente de las decisiones políticas que afectan a sus propias vidas y alienada tanto a través de la religión como, ahora también, a través de la cultura y, en mucha menor medida (puesto que la introducción de ésta como elemento de distracción social ha sido mucho más reciente), de la ciencia. Estamos, pues, ante la desdemocratización de la democracia.

Bienvenidos a la generación “des”.

viernes, 14 de septiembre de 2012

N’estic fart d’esta vergonyosa Espanya

“Estoy harto de esta vergonzosa España”, por si algún alienígeno no lo ha entendido.

Estava currant-me una entrada sobre el problema de les llengües espanyoles diferents al castellà a esta Espanya casposa i capciosa, i no sé si el problema estava en el vídeo que he elegit com a exemple per a desmuntar les mentires podrides dels imperialistes idiomàtics o si el problema és que llegisc massa l’ABC al bar ara que sempre el casquen dins el Mediterráneo, però lo cert és que conforme anava transcrivint el vídeo i posant exemples de quin tipus de llibertat idiomàtica entenen els castellans de les dos Castelles o els migouets blaverets del sud m’he anat cabrejant més i més i he acabat per decidir-me a escriure una entrada molt poc respectuosa amb esta merda de país del que se suposa que en soc part. Poso el vídeo a esta entrada, per a què vos aneu posant a tò; ja vos advertisc que des de Jaume I fins a Ferran el Catòlic el català no va existir i que per ací tots parlaven en castellà, que Pompeu Fabra era més o menys un fill de puta cabró que els va robar la llengua als blaverets de Lo Rat Penat i que a Girona, una vegada a 1594, els feligresos volien escoltar la missa en castellà encara que no la entengueren i que això significa que el català era una merda d’idioma.

Dins vídeo:

El català és una merda de llengua. No, no, millor encara: el català és una merda de dialecte del valencià.

I ara un text en català, a veure si algun borinot d’eixos que escriuen mentires als periòdics i que ixen per la tele fent-se passar per erudits historiadors i lingüistes endevine de qui és:

Fernando el Católico - Curie 1

Ara me vindran els quatre xalats espanyolistes de sempre a dir-me que m’he fet nacionalista o inclús independentista. Me la bufe. No soc ni una cosa ni l’altra, però com que no n’entendran ni papa del que diré (i dic que no ho entendran encara que sàpiguen català), si se senten millor considerant-me independentista, ho seré sense problemes.

A veure, senyors espanyols. Que la Constitució Espanyola digue que són igual d’oficials el castellà que el valencià a la meua terra (“seran també oficials en les respectives Comunitats Autònomes”), ¿què els diu? Jo els contesto, jo els contesto: a vostés no els diu una merda. Alguns il·lusos pensàvem que, en uns anys, arribaria el moment en què els espanyols castellans digueren “bueno, si todas son lenguas españolas y todas son oficiales, qué menos que aprender la común y alguna otra”, i que acabarien incloent dins l’educació nacional una segona llengua espanyola; val, això és ser molt il·lús i esperar molt bona fe d’uns casporros, però sempre cabia l’altra opció: que alguna de les comunitats autònomes amb dos llengües oficials plantejara l’obligatorietat de conéixer les dos. I van parir l’Estatut català, i els il·lusos vam pensar que els espanyols castellans haurien evolucionat des de Felip V. Quina desil·lusió. Va el Tribunal Constitucional i diu que no, que són oficials i són espanyoles, però que només un poquet, que a Espanya es parla el castellà de Castella i no llengües rares com el català. I els espanyols castellans, aplaudint massivament la decisió del Constitucional. Què bé.

Jo encara no ho he entés, més que res perquè cap castellà s’ha dignat a explicar-me quin sentit té això de ser oficials i no ser igual d’oficials a la vegada, perquè la Constitució no diu això; i dic que no he entés l’explicació del Tribunal Constitucional, que lo que pensen els castellans que parlen castellà sí que ho entenc: a Espanya es fan les coses per collons o no es fan. I després no entenen per què ix la gent a manifestar-se contra eixa manera d’entendre Espanya.

Als castellans pareix que els va tocar molt els ous que a la Constitució es diguera que eren igual d’oficials el català que el castellà, així que es van inventar el blaverisme valencià per a dividir en dos una regió amb la mateixa llengua, no fore cas que se’ls ajuntaren i feren massa força amb les qüestions idiomàtiques; al 1979 (un any després de què el català s’equiparara en oficialitat al castellà) va eixir Lo Rat Penat dient que ara ja no li pareixien bé les Normes de Castelló que havia acceptat abans de Franco, que eixes normes eren massa catalanes, i que València (que té un melic del tamany d’un forat negre i se’l mira i se’l remira cada vegada que té l’oportunitat, a veure si algun dia li guanya en alguna cosa a Barcelona) tenia un altre idioma diferent al català i quasi més vell que Matusalén. Divideix i guanyaràs.

Poc a poc (molt poc a poc) eixa postura secessionista s’ha anat diluint, però resulta que als castellans també els ha tocat molt els ous (a ells sempre els toca molt els ous tot lo que se’n vage de l’estàndard de l’espanyol de veritat, que és el que viu i parla amb només la llengua de l’Imperi) que aquella equiparació en l’oficialitat de les llengües espanyoles tinguera una aplicació en la vida real, encara que només fore dins de l’ensenyament; als seus fills, que deuen ser tontos, no se’ls podia ensenyar en català (es devien trabar al parlar), així que, aprofitant que el liberalisme està de moda, van adoptar la màxima eixa de què cada pare ha d’elegir l’ensenyament dels seus fills.

Ja me veig jo a algun liberal d’estos darrere d’un mostrador del Ministeri d’Ensenyament a Madrid i amb un cartell a la taula ben gran dient “Los padres tenemos derecho a elegir la educación de nuestros hijos” i atenent a algun àrab immigrant (i amb papers, per supost):

- L’àrab: “أريد بلدي دراسة اللغة العربية”.

- El liberal: “A mí me habla en cristiano, gilipollas”.

O atenent a algun català:

- El català: “Jo vull que el meu fill estudie en català”.

- El liberal: “A mí me habla en cristiano, gilipollas”.

A Espanya es parla castellà. ¿O és que no ho sabeu, gilipolles? Clar, que si li dius al senyor liberal que el català també és una llengua espanyola segons la Constitució podràs rebre dos respostes: o que la Constitució és una merda o que el català és dels catalans, que dels espanyols és només el castellà. I este és el problema d’Espanya: que per als espanyols, deixar-nos utilitzar una llengua que no saben massa bé per què segueix existint és un favor que ens fan, i com a favor que ens fan, nosaltres els l’hem de tornar d’alguna manera o, almenys, deixar de donar la vara amb la qüestió lingüística.

Doncs no, la cosa no és així; jo no tinc la culpa de què a Espanya es parlen vàries llengües. Però es parlen, i són tan antigues com el castellà. El problema d’esta Espanya és que quan els castellans fan alguna cosa és un favor, i quan els demés en fan una altra diferent és un atac als castellans, a la unitat d’Espanya o a qualsevol xorrada que estiga de moda en cada moment; si parlem diferent, ho podem fer (ens fan el favor), però no vages a dir-li a un castellà que al teu poble s’ha parlat sempre en valencià, perquè això és mentira sí o sí i t’estas inventant la Història d’Espanya perquè els catalanistes t’han infectat del virus independentista. Però és que si arribes a convéncer a algun castellà de què eixa Història d’Espanya de la què parla és la de Castella, no la del teu poble, la resposta serà que vius a Espanya, que l’idioma dels espanyols és el castellà i que “por qué no te callas”, o directament et dirà que tu no li pots imposar res a ell perquè… (i ací et dirà alguna cosa de la llibertat, del respecte, de la igualtat o ves tu a saber de què, però sempre serà alguna cosa sobre la llibertat de parlar castellà, sobre respectar el castellà o sobre que el castellà ha d’estar en igualtat de condicions que el valencià… perquè a ell li la bufe que al meu poble no ens comuniquem entre nosaltres mai en castellà: això és una cosa rara que devem fer al nostre poble, que ell ens ho permet, però que no li toquem els ous, que això no és ser “español, español, español”).

Resumint: parlar només castellà serà molt espanyol, defendre el dret a parlar només en castellà als llocs on no es parla el castellà serà molt espanyol, negar-se a que els fills estudien en qualsevol idioma espanyol diferent al castellà serà molt espanyol… però a mi em pareix vergonyós que per a ser tan espanyol sigue necessari negar o ignorar com són les vides reals i l’Història d’altres espanyols, que cada dia se senten més i més desubicats dins una Espanya on només són considerats bons espanyols els què accepten negar la seua Història i substituir-la per la de Castella, els que accepten que la seua llengua espanyola és inferior al castellà, els que accepten que el model d’espanyol és el de l’espanyol que viu i parla en castellà o el que utilitza l’oficialitat, el respecte o la llibertat per a defendre exclusivament el dret a parlar en llengua castellana.

És per a estar-ne fart d’esta vergonya de país, un país que es nega a una part de sí mateix i que està orgullós de fer-ho.