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miércoles, 3 de octubre de 2012

Dejad que los borregos se acerquen a mí

España se rompe, si no está rota ya. Esta vez sí, pero no por los independentistas catalanes, sino por la crisis. Y no por la crisis económica (que ha ayudado al aumento de la conflictividad social), sino por la crisis ética generalizada. Y no sólo por la crisis ética de los políticos (que también), sino por la deriva que lleva tomando todo el sistema socioeconómico en el que hemos vivido durante largos años y que ha conseguido modificar y distorsionar nuestra percepción de la realidad, adaptándola a criterios estrictamente económicos. Y no sólo se rompe España, sino que también se rompe Europa, donde los socios parecen más enemigos que socios.

Nuestro presidente (Mariano Rajoy Brey, gallego y ex-Ministro del Interior como Manuel Fraga Iribarne) tuvo palabras de agradecimiento hacia los ciudadanos que no se manifestaron el 25-S (ni el 11-S, ni el 15-S, ni el 29-M, ni el 15-M…); a nuestro presidente le gustan la tranquilidad en las calles, la paz social… los ciudadanos-borrego: aquéllos que se toman unas cervezas con los amigos en el bar mientras cuentan (en la intimidad) cómo les han bajado el sueldo gracias a la abolición expresa de los convenios colectivos que permite la reforma laboral de nuestro presidente, a la vez que expresan su preocupación (en la intimidad) porque a su pareja la han echado a la calle al aplicarle uno de los nuevos expedientes de regulación de empleo de los permitidos en esa reforma laboral que iba a solucionar el problema del paro español, y que al acabar la charla con sus amigos se van a casa a compartir las penas con la abuela que les está pagando la hipoteca de una casa que ya no utilizan para no malgastar luz ni agua.

A nuestro presidente le gustan esos ciudadanos-borrego que tan pronto se aferran a la Constitución para evitar el aprendizaje de una lengua oficial que no es la suya como justifican la vulneración de la legislación por parte de unos agentes de la autoridad que, en cuanto se ponen el casco y la porra, esconden su obligatoria identificación para no ser castigados ante los más que evidentes abusos de poder grabados y publicados por testigos presenciales a quienes, por si fuera poco, se ignora reiteradamente en sede judicial para evitar que los delincuentes inidentificables puedan ser debidamente castigados.

Y como a nuestro presidente le gustan esos ciudadanos-borrego que agachan la cabeza o miran hacia los catalanes cuando sus medidas políticas no sólo no marchan bien, sino que arruinan económicamente y anulan socialmente a los ciudadanos, sean borregos o no, todas las instituciones parecen haber tomado buena nota de los dictatoriales gustos presidenciales y no han tardado en darle una agradable sorpresa al paisano de Manuel Fraga Iribarne: prohibir que los ciudadanos díscolos se descarríen del rebaño.

Primero fue la Secretaria General del PP, María Dolores de Cospedal, con la inestimable ayuda de la caverna mediática, la que acusó de golpistas a miles (6.000 según la Delegación del Gobierno en Madrid, 900.000 si comparamos las fotografías con otros actos organizados por las instituciones) de ciudadanos díscolos y desarmados hartos de que sus impuestos (un 50% –el IRPF y el IVA– más altos hoy que en 2010) vayan a parar íntegros a rescatar cajas de ahorros y bancos que manejaron a su antojo los enchufados de turno impuestos a dedo por quienes estaban al frente de este país de pandereta.

La maquinaria del Estado al completo inició, en público a través de la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, pero en paralelo y bajo secreto sumarial también a través de la Audiencia Nacional, la ofensiva definitiva para acabar con el derecho de manifestación y de reunión de los ciudadanos díscolos al considerar que la actual regulación es excesivamente permisiva, por lo que se hace imprescindible limitarla (el eufemismo elegido fue “modularla”, que según el Diccionario de la RAE sería “modificar los factores que intervienen en un proceso para obtener distintos resultados”). Así, al tiempo que se hacía pública la persecución y el intento de aterrorizar (bajo amenaza de ser acusados de atentar contra las altas instituciones del Estado, con penas de hasta 5 años de cárcel) a los organizadores y financiadores de la manifestación del 25-S, el nuevo presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, respaldaba esa misma limitación al derecho de manifestación, y en el mismo sentido se manifestaría incluso el Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce.

El derecho de manifestación, sobradamente modulado tanto por el Tribunal Constitucional como por el Tribunal Supremo, está en peligro. Y los ciudadanos-borrego que quiere nuestro presidente (y que ya tuvo Manuel Fraga Iribarne aplicando las mismas técnicas de violencia institucional y de terrorismo estatal) están de acuerdo en eliminarlo. Es cosa del siglo XIX, dicen. En el siglo XXI triunfa el silencio como forma de protesta ciudadana: las mayorías siempre son silenciosas, dicen. Será que el vasallaje y la esclavitud de la Edad Media vuelven a estar de moda. ¿O será el ganado ovino lo que se lleva hoy?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Interpretar las imágenes de una manifestación

Dada la inmensa cantidad de imágenes que publican los medios de comunicación y que van rondando por las redes sociales, todas ellas mostradas casi en tiempo real, cada vez resulta más difícil interpretarlas; es el problema de la sobreinformación a la que estamos sometidos los ciudadanos, que por una parte nos permite conocer mucho mejor nuestro entorno, pero al mismo tiempo nos apabulla con las diferentes percepciones e interpretaciones que se le pueden dar a un mismo hecho.

Algunos recordarán esta imagen, correspondiente a las cargas policiales que se realizaron en la protesta estudiantil frente al Lluis Vives de Valencia el pasado 20 de febrero, y que fue rondando por las redes sociales Twitter y Facebook acompañada de comentarios que afirmaban que la policía cargó incluso contra ciegos ajenos a las protestas; muchos fuimos los que nos indignamos ante esa actuación de la policía y reproducimos la fotografía con el comentario incluido. Hasta que alguien nos avisó de que lo que llevaba el señor de la fotografía no era un bastón de ciego (la fotografía estaba recortada por ambos extremos y con la perspectiva parecía un bastón), sino una porra que le había robado previamente a uno de los policías para que no la utilizase contra los manifestantes.

Pero en algunos medios de comunicación llegaron a afirmar que el señor de la fotografía (que perdió las gafas de vista durante el forcejeo, por lo que tampoco era ciego) agredió al policía con la porra que le había quitado, lo cual tampoco era cierto (el señor le quitó la porra y el policía se abalanzó sobre él para recuperarla, sin que llegase a ocurrir nada más).

He aquí un ejemplo de cómo una misma imagen puede llegarnos con dos interpretaciones completamente opuestas, cambiando las figuras de agresor y agredido según cada versión.

La manifestación del 25-S, con las violentas cargas policiales en respuesta primero al intento de derribar las vallas que impedían el paso hacia el Congreso de los Diputados y después a la agresión de un grupo organizado de manifestantes que portaban banderas rojas y negras sin insignia alguna, no fue una excepción.

En la galería fotográfica de El País referente a esa cargas policiales, encontrábamos esta fotografía, cuyo pie rezaba “El dueño de un restaurante se enfrenta con quienes lanzan objetos a su establecimiento”:

Sin embargo, en las redes sociales existe otra fotografía del mismo señor en la que el comentario es bien distinto: “Dueño de bar protege a la gente que se refugia de las cargas e impide que la policía entre”:

Estamos de nuevo ante dos interpretaciones distintas sobre unos mismos hechos: o el dueño del bar protegía a los manifestantes o los manifestantes le lanzaban objetos a su bar. En este caso no son dos opciones totalmente contrapuestas, porque pudieron impactar en el bar algunas piedras lanzadas contra los policías que se acercaron para entrar en el local (ninguna de las fotografías originales mantiene los datos de la hora de captura, por lo que desconocemos la secuencia), pero es obvio que en ambos casos nos faltan los datos que, seguramente, nos aclararían qué es lo que ocurrió exactamente con este señor y con su bar.

Y si ya es difícil optar por una u otra interpretación cuando se trata de un protagonista fotografiado a cara descubierta, interpretar una fotografía cuyos actores van encapuchados se hace casi imposible.

Una multitud de páginas web y de mensajes en las redes sociales denuncian que quienes iniciaron las agresiones que provocaron la segunda carga policial de ayer fueron agentes infiltrados; la actuación de los agresores es sin duda bastante extraña, porque aparecieron de la nada con banderas rojas y negras sin ningún tipo de insignia o identificación y sólo recibieron golpes los que intentaron que la policía no se los llevara detenidos.

La fotografía anterior muestra el inicio de la carga tras la agresión del grupo organizado que portaba las banderas; la policía detiene a continuación a al menos dos de los portadores de esas banderas, limitándose a arrastrarlos hacia los furgones, sin levantarles en ningún momento la capucha y sin que la resistencia ofrecida por los detenidos fuese respondida con los ya típicos porrazos, que fueron a parar únicamente contra un señor que cogió del brazo a uno de los detenidos.

25S - Infiltrados - Los encapuchados detenidos no se llevaron ningún porrazo

25S - Infiltrados - Encapuchado con pantalones marrones detenido

Poco después, aparecerían tres encapuchados deteniendo a otro manifestante; y ahí es donde aparecen las suspicacias. De hecho, existen coincidencias entre la vestimenta de los primeros detenidos (en concreto, los pantalones marrones que se pueden ver en la última fotografía) y los infiltrados que detienen al otro manifestante, igual que existen también algunas diferencias (el manifestante al que coge del brazo el señor que se llevó todos los porrazos tiene una inscripción en la espalda que no coincide con ninguno de los tres encapuchados que detienen con posterioridad a otro manifestante).

25S - Infiltrados - Encapuchado con pantalones marrones detiene a un manifestante

Es obvio que ninguna de las imágenes puede ser concluyente, puesto que a ninguno de los encapuchados se les puede identificar, pero sí existen dudas acerca de la extraña actuación del grupo organizado de las banderas rojas y negras y de la amable forma en la cual se les detiene.

Personalmente, prefiero pensar que quienes iniciaron las agresiones fueron ajenos a quienes trabajan para defender a los ciudadanos; de hecho, es lo más posible. Pero la otra opción también es posible. Sólo que mucho más terrorífica, aunque casi imposible de probar. La polémica está servida.

Nota: Sobre las 12:00, El País ha sustituido la fotografía del dueño del bar y el pie de foto (“El dueño de un restaurante intenta proteger a los manifestantes que se encuentran dentro de su establecimiento”):

image

La interpretación inicial de El País también es, al parecer, la que se mantiene en RTVE: