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martes, 29 de octubre de 2013

La irrelevancia histórica valenciana en la escuela franquista

Con motivo de la festividad del 9 de Octubre (día de la Comunidad Valenciana) del año pasado escribí una entrada en esta misma bitácora titulada "España, una, grande y castellana", en la cual me refería a cómo los miedos y fobias del nacionalismo centralista a una ruptura de su concepción de España conllevaron (incluso antes de que el secesionismo, el nacionalismo o el independentismo existiesen: los miedos son los principales creadores de fantasmas) todo tipo de tropelías, desprecios y menosprecios hacia uno de los principales elementos definidores de una sociedad: un idioma distinto al de sus vecinos.

En aquella entrada me refería también a la estrategia del "divide y vencerás" instrumentada a través del secesionismo lingüístico valenciano, aprovechando viejas envidias entre las ciudades de Valencia y Barcelona, muy bien interpretadas por los nuevos nacionalistas centralistas rebautizados como nacionalistas valencianos.

Ojeando recientemente uno de los libros escolares de la dictadura franquista (creo que del curso 1956/1957 de tercer grado) me chocó una división de España en "regiones naturales" que no recordaba haber visto con anterioridad: a Navarra, Aragón y Cataluña las incluían en la región natural del Valle del Ebro, a Valencia y Murcia las incluían en la región Levantina y a Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco en la región Septentrional, dejando en un apartado propio a las Islas Canarias y a las Baleares.


Esta división "natural" de España (hasta cierto punto bastante lógica dentro del temario de Geografía del libro) no me hubiese llamado la atención si no la hubiese visto repetida en varias ocasiones dentro del temario de Historia de España de ese mismo libro.


Nada habría que alegar a estas nociones sobre los primeros reinos españoles reproducidas en la imagen anterior si no fuese porque ni el Reino de Valencia ni las Islas Baleares aparecen jamás junto a Cataluña en toda la Historia de España contada a nuestros padres y abuelos.


Aragón y Cataluña sí aparecen juntas ("ciertas regiones, como Aragón y Cataluña, terminaron de perder sus franquicias y libertades") hasta Felipe V, pero los destinos históricos de Valencia o las Baleares (que también perdieron sus fueros con Felipe V) no van nunca asociados a los de Cataluña; de hecho, Valencia (y sólo la ciudad) no aparece en toda la Historia de España más allá de la épica del Cid Campeador y de su conquista por parte del Rey "Jaime I de Aragón".


Incluso con la Guerra de la Independencia, Zaragoza y Gerona (Aragón y Cataluña) siguen unos mismos destinos históricos, reforzados con la figura de Agustina de Aragón, barcelonesa de nacimiento y zaragozana de adopción.

Vemos, pues, cómo aquella invasión en tromba del nacionalismo centralista en las instituciones culturales valencianas como Lo Rat Penat (detallada en mi anterior entrada) fue el colofón lógico a más de 30 años de adoctrinamiento social (cuatro generaciones escolares estudiaron esa nueva Historia en la que Valencia y las Islas Baleares no existían y Cataluña quedaba ligada en sus destinos antes a Navarra que a sus territorios vecinos: los españoles nacidos entre 1931 y 1967 no conocen otra Historia de España), acrecentado con el miedo a una teórica invasión cultural y lingüística de una región (la catalana) que jamás en la Historia ha tenido nada que ver con Valencia; qué mejor forma de contribuir a la unidad nacional española que enseñándola, bajo la perspectiva centralista, a todos los niños escolarizados del país. Por supuesto, en castellano (las otras lenguas españolas no existían, como Valencia).

Una máquina doctrinal perfecta para que Valencia ofrende nuevas glorias a España y renuncie a una vecindad lingüística con los bárbaros imperialistas del norte; y para que en la España monolingüe se nos pueda tomar como auténticos ineptos culturales, a quienes se nos han de enseñar (e imponer) las nociones más básicas del patriotismo verdadero (la lengua y la historia comunes: la lengua castellana y la historia de Castilla).

jueves, 18 de octubre de 2012

PGE 2013: Estocada mortal a la educación pública

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Mientras el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, se dedica a jugar al despiste con palabras y frases sacadas de la Junta de Defensa Nacional del bando sublevado contra la legalidad democrática de la II República, la escalofriante realidad de las cifras de la educación pública contenidas en los Presupuestos Generales del Estado para 2013 va pasando paulatinamente a un segundo o incluso a un tercer plano.

Hoy los padres de los alumnos de la educación pública estamos secundando una jornada de protesta por los gravísimos recortes en las partidas de educación que contienen los Presupuestos de 2013; pero no sólo por estos Presupuestos. Si echamos la vista atrás, a los Presupuestos de 2010, y realizamos una comparativa, comprobaremos cómo esta jornada de protesta no sólo está plenamente justificada, sino que es una medida de carácter urgente y necesario: las partidas presupuestarias para la educación de nuestros hijos se han reducido, por los efectos directos de la crisis, un 35,24% en tres años (1.044 millones de euros menos presupuestados en 2013 respecto a 2010).

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De los datos comparados de 2010 y 2013, podemos observar cómo las escasas partidas cuyos gastos se han incrementado desde que España pasara a la primera línea de fuego de la crisis financiera corresponden a los suministros (casi 10 millones de euros nos ha costado el aumento de los precios de la electricidad) y a una partida de incentivos salariales que suelen ir a parar íntegramente a los asesores (es la forma que suelen utilizar todas las administraciones públicas para salvar de los recortes a sus afines).

Además, las autonomías han perdido 775 millones de euros de financiación y las familias han perdido 175 millones de euros de ayudas, mientras que las inversiones reales en educación han caído un 61% (15,5 millones de euros menos); por partidas concretas, la formación al profesorado se ha reducido en más de 4 millones de euros (un 54% menos que hace tres años), en educación infantil y primaria hay 484 millones de euros menos para el año que viene que en 2010 (un 75% de reducción), en educación secundaria, FP e idiomas la reducción es del 50% (109 millones menos) y en la universitaria del 67% (250 millones de euros menos).

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Pero si las cifras globales causan inquietud a los padres, la desaparición de partidas presupuestarias completas debe ponernos en alerta sobre el negro futuro que le espera a la educación pública: desaparecen las asignaciones para la educación especial y para la educación a distancia no universitaria, así como los 108 millones de euros destinados en 2010 a dotar a las escuelas de las herramientas necesarias para formar a nuestros hijos en el uso de las nuevas tecnologías.

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Así, mientras sólo a Bankia le vamos a destinar 24 veces lo que el Gobierno ha recortado en educación, el Ministro Wert insiste en que las protestas estudiantiles y de los padres de esta semana corresponden a manifestaciones radicales y antisistema.

Obviamente, cuando nos quieren tomar el pelo de esta forma tan descarada nos vamos radicalizando contra quien nos acusa de ser idiotas; y, por supuesto, si el sistema nos ha de llevar por este camino (a este ritmo, en 2019 los gastos en educación pública desaparecerían por completo de los Presupuestos Generales del Estado), habremos de declararnos obligatoriamente antisistemas.

Señor Wert, vire usted en otra dirección o lo mejor que puede hacer para servir a sus ciudadanos es dimitir; y lo mismo sirve también para el resto del Gobierno si no es capaz de encauzar convenientemente esta estocada mortal a la educación pública.

martes, 9 de octubre de 2012

España, una, grande y castellana

Decía en mi anterior entrada que España se rompe, si no está rota ya, por la crisis ética (y añadiría que también ideológica) que nos afecta a todos y cada uno de nosotros al haber renunciado, consciente o inconscientemente, a una visión humanista de la realidad y haber optado por guiarnos por criterios puramente economicistas.

España, como unidad política y nacional, se rompe. A marchas forzadas, y en gran parte por la irrupción virulenta de una nueva oleada de genocidio lingüístico. Saben los grandes defensores de la unidad (y de la uniformidad) de España que la principal característica definitoria de un pueblo, lo que hace que un grupo de personas se considere diferente de sus vecinos (sean paisanos o no), es el hecho de entenderse entre sí a través del mismo idioma. Saben muy bien que las otras lenguas españolas son un peligro para esa unidad y para esa uniformidad si empiezan a tomar tanta fuerza como para hacer sombra al castellano; hay que retornar, por lo tanto, a la preeminencia del castellano sobre esas lenguas de segunda.

Quienes hoy alegan derechos individuales vulnerados por imposiciones de lenguas distintas al castellano saben muy bien que están rompiendo el equilibrio existente entre quienes tienen por lengua materna el castellano (obligatorio en todo el Estado y, por lo tanto, una lengua igual de privilegiada que quienes la tienen como propia) y quienes tenemos por lengua materna el valenciano, el gallego o el vasco (restringidas por fronteras administrativas, no obligatorias y, por lo tanto, lenguas igual de segunda que los ciudadanos que las tienen como propias); hasta hace bien poco, se permitía que las políticas lingüísticas autonómicas compensaran esa restricción de derechos de los ciudadanos españoles que tenemos una lengua distinta al castellano, a quienes se nos impone (a unos más gustosamente que a otros, por supuesto) su conocimiento, a través de mecanismos destinados al conocimiento de esas lenguas españolas relegadas durante siglos a papeles secundarios (comunicación privada o literaria) en aras de la unidad y la grandeza de España.

Sí, la imposición del castellano como única lengua oficial y obligatoria no es otra cosa que un instrumento para garantizar la unidad y la grandeza de España, unos conceptos que tienen muy poco que ver con los derechos individuales de los españoles que integramos España; para entendernos: esos conceptos tienen la misma relación con los derechos individuales que la imposición del catalán como lengua vehicular en la enseñanza. Ninguna.

Para no perder la perspectiva sobre las razones por las que el castellano fue durante siglos la única lengua oficial, volvamos unos años atrás, cuando los derechos humanos y los derechos individuales no eran precisamente una preocupación entre los intelectuales de la época:

«Hace ya dos años que en la capital del antiguo principado de Cataluña se celebran juegos florales; y este suceso, por más que no haya merecido ni aplauso ni censura a la prensa literaria de la capital de la monarquía, tiene, en nuestro juicio, no poca importancia, y es muy digno de que se detenga algún tanto la mirada del crítico, para medir el empeño que revela, y gustar los frutos que produce. No son los Juegos florales meros certámenes literarios, ni es el intento de los mantenedores abrir ancho campo a la inspiración poética para que el eco de los aplausos encienda nuevas fantasías, sino que un alto interés se une a su propósito, y el amor patrio santifica a sus ojos sus esfuerzos, que nada menos se intenta que reverdecer los laureles que ciñeron los antiguos poetas de la gloriosa corona de Aragón, y hacer que brote de nuevo en lengua catalana la poderosa inspiración que alberga en su seno el altivo y orgulloso pueblo que fue rey de Italia y señor del Mediterráneo, bajo el cetro de los Pedros y los Alfonsos.

El erudito escritor e inspirado vate que abrió los juegos florales, en su discurso inaugural aduce diferentes argumentos, contestando de antemano a los que intentaran oponerse al pensamiento de restaurar esta poética solemnidad, reivindicando con nobilísimo orgullo sus antiguas glorias, y sentando que en nada se opone el deseo de conocer los hechos pasados, al espíritu moderno que pide la unidad nacional, como base y fundamento de mejor vida y más gloriosos destinos. Creemos como el Sr. Bufarull que en nada perjudica la vida provincial a la vida unitaria, porque no es la unidad política la negación del carácter de los individuos, ni en su nombre puede exigirse el olvido y abjuración de la propia vida, sino que llana de oposiciones y diferencias, en virtud del principio de unidad, se armonizaban a la manera que las diferentes notas y tonos músicos constituyen una sublime unidad bajo las leyes de la armonía. Pero si bien la vida provincial, y aun la municipal, deben gozar de todos sus justos derechos dentro de la unidad de la nación; si bien deben ser aplaudidos y animados los estudios históricos que procuran sacar del olvido hechos y preciadas glorias; si siguiendo el impulso del siglo, dado en demasía a los estudios históricos, no censuramos que los eruditos catalanes recuerden su pasado y estudien su lengua, y quilaten el precio da sus antiguos poetas, y traigan a la memoria, algún tanto olvidadiza de otros pueblos, los beneficios que a la causa de la civilización y de la libertad prestó la antigua corona de Aragón, ninguna relación encontramos entre todos estos argumentos y la verdadera cuestión a que dan margen los juegos florales de Cataluña. Nadie más que nosotros admira la historia catalana, ni nadie repite con mayor respeto los nombres de los Jordis y Masdovelles, ni nadie nos vence en amor a esa lengua catalana que siempre resuena dulcemente en nuestros oídos, y que es lengua digna de estudio; pero si bien creemos que los estudios críticos-eruditos deben ser proseguidos con el ardor con que se empeñan en ellos los Bufarulls, Milá, Cutchet, Balaguer y otros escritores catalanes, no juzgamos que la restauración de los juegos florales sea conveniente ni aun a las mismas letras catalanas, en cuya honra se instituyeron.

¿Qué se propone el moderno Consistorio? ¿Renovar el antiguo espíritu de la Corona de Aragón? Dícenos que no es tal su propósito; pues si tal no se propone, la institución es inútil, porque no hay literatura digna de este nombre, que no sea la expresión de una idea, de una civilización, del espíritu de un pueblo; que no es la poesía, vano y pueril engendro del artificio y vanidad del rimador, sino que brota viva y animada del seno de aquel que siente en el latir de su corazón los desoíos de su pueblo, que mira en sus lágrimas las lágrimas de sus contemporáneos, y a quien revela el palpitar de su cerebro el pensamiento de su siglo. Homero, es la heroica guerra; Dante, el dolor y la esperanza de la edad media; el Romancero castellano, la vida del pueblo que regían los Alfonsos y Fernandos; Calderón, la esencia de la vida del pueblo español, y Víctor Hugo, el deseo, inquieto, y la fiebre de las generaciones, que sintiendo aun los últimos ecos de una gigantesca revolución miraban ya los anuncios de otra nueva, que solicitaba su amor con dulcísimas promesas, y para llegar á ella, evocaba las fuerzas todas del espíritu del hombre.

Y si este es el carácter de la poesía, y la estética lo dice y la historia lo confirma, ¿qué significación puede alcanzar la literatura que brote al calor de los juegos florales de Barcelona? No quedan más que dos caminos a los poetas que acudan a su llamamiento: o cantar la nacionalidad catalana, lamentando su ruina y esperando días de restauración, o siguiendo los pasos de los trovadores catalanes del siglo xv, imitar y parafrasear sus cantos, ayudados de las eruditas investigaciones que se hagan en archivos y bibliotecas.

Y aun aceptadas estas tendencias, aun concediendo que sean legítimas a los ojos de la crítica literaria, ¿es posible que los poetas catalanes continúen la tradición poética del siglo de oro de las letras catalanas? No, porque la literatura catalana, por efecto de las condiciones históricas de aquel pueblo, no tiene tradición poética, carece de arte, en el sentido que decimos arte español o arte italiano, o arte alemán». El Contemporáneo (Madrid) del 24 de enero de 1861.

«Abogar tan calurosamente como algunos lo hacen por la completa autonomía literaria de Cataluña nos parece declararse partidarios decididos del predominio de la provincia sobre la nación, del municipio sobre la provincia, del interés individual sobre el interés colectivo. Esto lo creemos no solamente irrealizable, sino desatinado al mismo tiempo. La historia nos ofrece abundantes ejemplos de la manera desastrosa e inevitable cómo acaban los estados pequeños. Las reducidas repúblicas de Grecia, avasalladas; las turbulentas de la Italia de la Edad Media pereciendo faltas de ciudadanos; hoy por hoy, las ricas y florecientes ciudades anseáticas de Alemania absorbidas por un estado poderoso, ¿no son argumentos bastante persuasivos todavía para los ilusos que sueñan con estados de corta extensión y con lengua propia? ¿No bastan a convencerles de que su bello ideal es imposible y, caso de no serlo, fatal para los ciudadanos? Pero, aparte de esa, por demás gravísima consideración, hay otra enteramente literaria que merece bien ser atendida. Supongámonos toda España dividida por un instante en varias provincias cada una con un dialecto propio. ¿No se ve, desde el pronto, el gran número de idiomas que sería necesario conocer para entendernos unos con otros? ¿Cómo traducir bien lo que en cualquiera de ellos se escribiera a menos de no conocerlo tan perfectamente como la lengua patria? ¿No se ve cómo reaparece el antiguo inconveniente de tener que estudiar forzosamente una lengua extraña, sólo que en vez de ser una serían muchas? ¿Cómo comprender la dificultad de escribir bien en la lengua nacional cuando se encuentra preferible estudiar otras más difíciles? ¿Qué decir de eso?

Ya es hora de manifestar sin embozos nuestra opinión sobre el particular. Nosotros comprendemos un renacimiento como el del paganismo, como el de las artes, el de las ciencias, el de la filosofía, pero creemos erradísimo el restablecimiento de dialectos moribundos, dando vida nueva a las apagadas disensiones provinciales y hasta, parece increíble, fomentando los odios no extinguidos entre poblaciones que hablan la misma lengua. Si esta es la misión de la restauración literaria de Cataluña, desde luego encontramos motivo de desavenencia con ella y nos declaramos sus adversarios decididos. Mejor que semejante juventud repetida, preferimos resueltamente una vejez tranquila». El Lloyd español del 27 de septiembre de 1866.

No son muy diferentes los argumentos de hace 150 años en los periódicos madrileños de los argumentos actuales; simplemente se han adaptado a la individualidad (aunque sería mejor decir individualismo) que nos invade hoy, sustituyendo el concepto de unidad nacional (aunque algunos lo siguen manteniendo incluso hoy) por el de la libertad de elección individual. Cualquier muestra de fortaleza del catalán respecto al castellano es vista con recelo (y después con desprecio) desde Madrid: la unidad nacional, la España una, la España grande, no puede ser tan libre como para aceptar tamaña osadía. Sin una España castellana no hay ni España una ni España grande. España es castellana o no es.

Como hemos visto en los textos transcritos, un certamen en el cual se excluía el castellano no podía ser aceptable, ni tan siquiera en el ámbito literario (en Valencia, al año siguiente, nacerían también sus propios Juegos Florales, pero con premios también para obras en castellano: aquel certamen fue mucho más alabado que criticado por los intelectuales castellanohablantes); la exclusión de la lengua imperial no podía tener otro significado (lo tuviese o no hace 150 años) que conseguir espurios intereses políticos: la disolución de la unidad de España. Madrid tenía miedo en 1861 y lo sigue teniendo hoy. Porque sabían que la lengua es la principal característica de la distinción de un pueblo; y porque hoy lo siguen sabiendo.

«Viviendo hace siglos la lengua catalana en forzado maridaje con la de Castilla, sirviendo la lengua Española de base a la instrucción primaria y superior en las escuelas y universidades, relegada la catalana al olvido en los actos solemnes y públicos, y sirviendo sólo para la satisfacción de las usuales necesidades de la vida y del comercio íntimo y doméstico del pueblo, era natural que perdiera sus calidades literarias, degenerando su sintaxis y estragándose su prosodia y ortografía». Revista Hispano-Americana (Madrid) del 12 de enero de 1866.

Aquel desprecio hacia la lengua que hablaban los catalanes, a la que se le quería negar incluso la posibilidad de celebrar certámenes literarios al margen de la lengua patria (el castellano), fue el germen del independentismo; si a mediados del siglo XIX podía existir algún sector minoritario con pretensiones secesionistas, aquel sentimiento de marginación absoluta fue alimentando lo que, aprovechando la desaparición de la España imperial con la pérdida de Cuba en 1898, estallaría a principios del siglo XX. Durante todo el tramo final del siglo anterior se siguieron criticando los Juegos Florales barceloneses por excluir al castellano, lo cual no sólo no achantó a los intelectuales catalanes, sino que, además de iniciarse la regulación gramatical y ortográfica del catalán, empezaron a ver la luz publicaciones íntegramente en aquella lengua; la revista satírica ¡Cu-Cut! empezó a publicar chistes sobre la pérdida del estatus de imperio de aquella España soberbia que había estado despreciando el dialecto catalán, al tiempo que otras publicaciones como La Veu de Catalunya (diario publicado por primera vez en 1880, aunque clausurado durante 19 años tras editarse apenas 30 números) venían sirviendo de altavoz de aquel, entonces ya sí, movimiento independentista catalán.

La cuestión económica no fue la principal causa de esa deriva secesionista de Cataluña, como podría esperarse según los tópicos, pero sí contribuyó a la causa independentista: en 1899, tras la presentación de los presupuestos españoles para su aprobación, los brutales incrementos de impuestos para sufragar los costes de la fracasada empresa imperialista española iniciaron el discurso de los agravios comparativos: a los comercios e industrias de Barcelona se les impusieron unos impuestos mucho más altos que a los de Madrid, por lo que muchas industrias optaron por no pagarlos y los comercios, mediante una acción concertada, decidieron cerrar y darse de baja para no incurrir así en las multas aparejadas al impago de los impuestos.

Pero no fue en realidad hasta 1905 cuando el independentismo (hasta entonces modulado a través de proyectos aislados de federalistas, de regeneracionistas o de regionalistas) toma su plena razón de ser. El 25 de noviembre, los militares entran en la redacción de la revista ¡Cu-Cut! por la viñeta que se incluye un poco más arriba (el “Banquet de la Victoria” al que se refiere la misma fue la celebración de la Lliga Regionalista –uno de los partidos independentistas– por su triunfo en las elecciones municipales de Barcelona) y la queman (la publicación sería suspendida varios meses), destruyendo además la de La Veu de Catalunya (altavoz de la Lliga Regionalista) y varias imprentas; el Gobierno dio aun más poderes, a través de la Ley de Jurisdicciones, al ejército para juzgar por sí mismos todo aquello que pudiese suponer un ataque a la unidad nacional o al honor de ellos mismos. Todos los proyectos políticos catalanes que exigían una mayor descentralización o una regeneración de la política se unieron bajo el nombre de Solidaridad Catalana al considerar que aquella restricción de las libertades atentaba especialmente contra las regiones menos dispuestas a mantener el estado centralista y represor que había venido funcionando hasta entonces; esta coalición consiguió llevarse 41 de los 44 diputados catalanes al Congreso de los Diputados en las elecciones de 1907, anulando de esa forma el caciquismo imperante (en otras regiones, como la valenciana, también surgió la coalición Solidaridad Valenciana, aunque con escaso éxito). Pero aquella unión duró muy poco y el independentismo, aunque latente, no volvió a resurgir con fuerza hasta la II República, régimen que todos sabemos cómo se lo quitaron de encima los defensores de la unidad, la grandeza y… la mano dura.

Conocedores del descrédito que la dictadura franquista conllevó sobre ese concepto patriótico de la España una, grande y libre, es difícil hoy encontrar a españoles que hablen abiertamente de esas tres características que configuran la España conceptual que ellos mismos desean; establecida y aceptada por los poderes del antiguo régimen una Constitución descentralizadora e incluso reconocidas en la misma las diversas nacionalidades que integran España, la sola idea de salirse de las líneas marcadas en nuestra Carta Magna parece producirles a los más conservadores un vértigo completamente irracional, por lo que, ante esa actitud de conservación de lo ya establecido, debían adaptarse los discursos de esa España única, grandiosa y libre a la nueva realidad.

Estos nuevos discursos debían aceptar la oficialidad (eso sí, secundaria) de otras lenguas distintas al castellano; sabedores de que instituir a la lengua castellana como única lengua de obligado conocimiento por todos los españoles era una garantía de la unidad política (fiel reflejo de la unidad lingüística caracterizadora de la identidad de los pueblos), permitieron –no sin sonados, aunque minoritarios, pronunciamientos en contra– a los gobiernos regionales establecer una serie de políticas lingüísticas que compensaran en cierta manera (y con ciertos límites) aquella herramienta de uniformización nacional. Era el momento de predicar un supuesto bilingüismo social perfecto, sabedores de la imposibilidad real de llegar a ese idílico estatus lingüístico cuando hay una lengua obligatoria y otra que no lo es.

Pero este idílico bilingüismo fue aceptado por unos y por otros; por los nacionalistas españoles porque sabían que se trataba de una falacia sin capacidad real de variar la preeminencia del castellano sobre las lenguas regionales, y por los nacionalistas regionales porque el reconocimiento de la oficialidad de unas lenguas relegadas durante casi tres siglos a las relaciones familiares o la literatura ya era un triunfo, y tiempo habría de plantear otras posibilidades.

Mal que bien, las comunidades autónomas que tenían una lengua oficial compartida con el castellano fueron creando, unas con más empeño que otras, unas señas de identidad propias con su lengua como principal distintivo; y llegó el momento de plantear esas otras posibilidades que no se llegaron a plasmar al arrancar nuestra democracia para equiparar las obligaciones de los ciudadanos castellanohablantes que residían en comunidades autónomas con dos lenguas oficiales con las obligaciones que ya teníamos los no castellanohablantes: el deber de conocer las dos lenguas oficiales, y no sólo el castellano. Fue Cataluña con su nuevo Estatuto la que realizó el planteamiento, pero el Tribunal Constitucional declaró que era inconstitucional exigir a los castellanohablantes el conocimiento de otra lengua distinta al castellano: se institucionalizaban así de forma permanente las superiores obligaciones de los españoles que hubiesen tenido la desgracia de haber nacido con una lengua materna (aunque española y oficial) distinta del castellano.

El Tribunal Constitucional consagró que la unidad de España, implementada a través de la imposición de una única lengua oficial a todos los ciudadanos, era un valor superior al de cualquier otro derecho individual; a continuación, y siguiendo ese mismo planteamiento de otorgar una especie de derecho absoluto, por encima de cualquier derecho fundamental, a la unidad de España, el Tribunal Supremo dio por finalizada la normalización lingüística del catalán en Cataluña y, en consecuencia, prohibió en firme que la enseñanza se impartiese exclusivamente en catalán al considerar que con ello se vulneraban los derechos fundamentales de los castellanohablantes.

Pero esta vía de descrédito de las lenguas regionales y su consecuente reflejo en los inferiores derechos y superiores deberes de quienes las tienen como maternas no eran suficientes; el caso de la división del vasco no me es tan familiar, pero en el caso de la división del catalán sí puede comprobarse cómo la artificial segregación lingüística entre las comunidades catalana y valenciana fue una invención castellana para evitar que el hermanamiento lingüístico de dos comunidades autónomas limítrofes pudiesen llegar a suponer un nuevo peligro para la España una y grande de quienes seguían añorando las pasadas épocas imperiales de nuestro país. Divide y vencerás.

Sin el recelo de Valencia por la superioridad perdida siglos atrás frente a Barcelona, que hizo que la capital de la actual Comunidad Valenciana se haya mostrado siempre más complaciente y receptiva con la lejana Madrid que con nuestros propios vecinos, no hubiese sido posible ese intento de secesión lingüística; pero las vísceras del poder no atienden a razones lingüísticas.

No encontraremos en las viejas hemerotecas ninguna referencia a la lengua valenciana más que después de haberse inaugurado y afianzado los Juegos Florales de Barcelona, y aun así las primeras referencias que encontraremos son a una lengua valenciana lemosina, citándose un texto de 1546 (sirvan también como ejemplos los artículos sobre Teodoro Llorente incluidos en esta revista de 1885, o en esta de 1894), mientras que en las revistas culturales (el enlace corresponde a una de 1877) no se hacía distinción entre el catalán y el valenciano.

No es hasta 1907, tras el surgimiento de los regionalistas o autonomistas catalanes y valencianos organizados en las llamadas Solidaridad catalana y Solidaridad valenciana que hemos citado antes, cuando encontramos los primeros conflictos catalanófobos (aun poco que ver con cuestiones idiomáticas y mucho con la cuestión portuaria que venía arrastrándose durante siglos) en algunos sectores de la capital valenciana; en El País del 29 de junio de 1907 encontramos el siguiente texto, extraído del diario valenciano El Pueblo:

«El Pueblo, de Valencia, publica esta especie de proclama, muy interesante para conocer la opinión de la Unión Republicana valenciana:

«A la opinión:

Pasado mañana llegará a Valencia en el barco «Brasileño», la expedición catalanista, provocadora, perturbadora, que trata de alterar la paz en nuestra ciudad.

Vienen los catalanistas como conquistadores, como vencedores, a imponer su criterio, a imponer su fuerza, como si los valencianos fuésemos idiotas, como si esta población no conociese sus intenciones.

Los catalanistas son los culpables de la angustia económica de Valencia, víctima de sus manejos, de sus aranceles, víctima de su valimiento en Madrid.

Cataluña es la explotadora de toda España, y trata de imponer su hegemonía con la estúpida presunción de que pertenece a una raza superior, como si el resto de la nación fuese detritus despreciable.

Los productos catalanes entran en nuestra ciudad libres de todo gravamen, y en cambio la fruta valenciana está sometida a un fuerte impuesto de Consumos en Barcelona.

Si hay miseria en nuestro puerto; si hay allí miles de obreros en forzosa huelga, con hambre y horribles privaciones en los hogares se debe a Barcelona, a Cataluña, que con sus aranceles proteccionistas, impuestos al gobierno por todos los medios, ha destruido el comercio de exportación y los frutos se agostan en los campos y no amarran barcos en nuestra dársena porque Valencia no puede exportar sus vinos, ni sus cosechas de naranja, cebolla, pasa, etc., etc.

Cataluña es el patíbulo de la agricultura valenciana; sus intereses son antagónicos a los nuestros y sin sus imposiciones egoístas de toda la región valenciana viviría en plena prosperidad.

El «Brasileño» traerá el sábado gran número de verdugos catalanistas, que no contentos con habernos arruinado, tratan de mofársenos, de escupir sobre la inmensa tumba de nuestra agricultura.

Su presencia en nuestra ciudad representará un grotesco espectáculo que por nuestra honra debemos impedir.

Esa caravana de explotadores, de enemigos de Valencia, cuenta con la cobardía de los valencianos para desembarcar, y así lo proclaman en sus semanarios y en sus periódicos, publicando caricaturas o imbecilidades irónicas que hemos de castigar sin misericordia.

A la opinión nos dirigimos para que responda por la dignidad, por la honra y por los intereses de Valencia.

El partido de Unión irá en masa al Puerto el día 29, por la mañana, para protestar ruidosamente contra el borrón ignominioso que supone esa expedición.

Soportar la entrada de los separatistas sin que la indignación se desborde, sería demostrar que somos unos castrados, unos cobardes»»

Desde los partidos catalanes coaligados en Solidaridad Catalana se arengaba a los partidos y autoridades valencianos a exigir que la lengua valenciana tuviese una mayor relevancia en todo lo público, y más en concreto a instar a que las liturgias se realizaran en la lengua que hablaban los valencianos; como puede verse, no era la cuestión lingüística el problema con Cataluña (problema al que ni tan siquiera se refiere la aguerrida misiva de la Unión Republicana Valenciana), sino el sistema desintegrador de la unidad de España que pretendían los catalanes (además de las más que evidentes muestras de resentimiento y de envidia por la supremacía del puerto de Barcelona sobre el de Valencia).

Es durante esta época cuando Pompeu Fabra está trabajando en la nueva gramática y ortografía catalanas; aunque en los años siguientes pudo intuirse en algunos casos puntuales una cierta tendencia (nunca explícita) a diferenciar la lengua catalana de la valenciana en determinados autores como Vicente Castañeda (todos ellos preocupados por la unidad de España, más que por cuestiones lingüísticas), lo cierto es que la unanimidad respecto a la pertenencia a una misma lengua de los dialectos que se hablaban en Valencia, Cataluña y las Islas Baleares no se puso nunca en cuestión. Como ya se ha mencionado en alguna entrada anterior, las nuevas ortografía y gramática catalanas elaboradas por Pompeu Fabra fueron inicialmente aceptadas en Cataluña, en las Islas Baleares y en la provincia de Castellón y fueron adaptadas en 1932 para dar cabida a la variedad del valenciano de las provincias de Valencia y de Alicante; todas las instituciones culturales de Cataluña, de las Islas Baleares y de Valencia (incluyendo a Lo Rat Penat) aceptaron dichas normas.

Bajo la excusa de contrarrestar la ola de hermanamiento de los territorios de habla catalana surgida en los círculos intelectuales y universitarios valencianos a raíz del libro de Joan Fuster Nosaltres, els valencians, el dirigismo franquista contra al pancatalanismo lingüístico (y, por extensión, también contra el político) inició la ruptura interna de Lo Rat Penat; con el desembarco de socios provenientes de la burguesía franquista castellanizada (un proceso de castellanización que ya llevaba décadas produciéndose, pero que se aceleró aun más durante la dictadura), se fue produciendo una escisión dentro de Lo Rat Penat, sobre todo a partir de la presidencia de Emili Beüt (1972) y del seguidismo interno de las tesis de su amigo Miquel Adlert (quien al inicio de la dictadura ya intentó incluir a la cristiana Acció Valenciana dentro del Movimiento Nacional franquista), que acabó con la salida de la misma de Manuel Sanchís Guarner, de Joan Fuster y de la práctica totalidad de los principales lingüistas que integraron esta asociación cultural durante el franquismo (como afirma la propia asociación en su libro autobiográfico, «en adelante serán constantes las adhesiones de los grupos o personas individuales que se van decantando por el valencianismo y, por la razón contraria, se abrirá un goteo de bajas de socios que no estaban por la nueva situación. En conjunto, suponía una apertura de Lo Rat Penat a sectores más populares de la sociedad, cuyos nuevos socios sustituían a los “notables” que se daban de baja de una entidad que optaba por no permanecer impasible ante el creciente pancatalanismo»).

Sin embargo, en la primera confrontación que trascendió al público en general (con motivo de la redacción en valenciano de la liturgia, en 1974), la secesión lingüística no se produjo en la frontera entre Castellón y Tarragona, sino en la de Castellón con Valencia (la Diócesis de Segorbe mantuvo la redacción propuesta para Cataluña), tal y como ocurriese antes de la adopción inicial de las Normas de Castellón (en 1932) tras la aprobación de las nuevas ortografía y gramática del catalán por parte de Pompeu Fabra.

La conflictividad anticatalanista surgió desde algunos grupos minoritarios y extremadamente violentos (durante los primeros años de la Transición y hasta que el Estatuto fue aprobado definitivamente en el Congreso de los Diputados con las modificaciones exigidas por los sectores minoritarios y más radicales del valencianismo se llegaron a enviar paquetes-bomba –entre otros ataques violentos– a personajes públicos como Joan Fuster o Manuel Sanchís Guarner) y fue parcialmente seguida y aprovechada electoralmente (moderando el radicalismo de otras fuerzas como Unión Regional Valenciana) por la UCD salida del régimen para afianzarse como fuerza política en la Comunidad Valenciana y forzar la modificación del Estatuto valenciano en el Congreso de los Diputados.

Todo se precipitó tras admitirse en la Constitución la oficialidad de las demás lenguas españolas. En mayo de 1979, en Valencia, instituciones como “Lo Rat Penat” o la Junta Coordinadora de Entidades Culturales del Reino de Valencia iniciaron públicamente el discurso de la colonización catalanista cuando el Consejo Preautonómico intentó aprobar como bandera autonómica la bandera de la Corona de Aragón, coincidente con la bandera catalana; esa bandera fue la que se aprobó como símbolo en la primera redacción del Estatuto de Autonomía del País Valenciano, pero el consenso alcanzado fue roto tras las modificaciones al mismo que se introdujeron en el Congreso de los Diputados, fijándose finalmente como bandera autonómica otra con una franja azul (otorgada a la ciudad de Valencia por Pedro el Ceremonioso) y alterándose el nombre de la autonomía por el actual (Comunidad Valenciana).

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El destino final de una corriente ideológica que no aceptaba la unidad nacional de España por convicción («somos valencianos porque somos españoles y somos españoles porque somos valencianos», decían públicamente), sino como mera forma de alejarse a toda costa del fantasmagórico imperialismo catalanista que había de devorar la identidad valenciana, fue el lógico en este tipo de populismos minoritarios: tras unos años de perogrulladas catalanófobas de su diputado por la ciudad de Valencia, Unión Valenciana (heredera del núcleo duro de aquel regionalismo más anticatalán que valencianista, que ya en las primeras elecciones demostró sus filias al coaligarse con la Alianza Popular del ex-ministro franquista Manuel Fraga Iribarne) acabó desintegrándose y siendo asimilada por el Partido Popular.

Eso sí, por el camino consiguieron arrasar con todo amago de pancatalanismo en la ciudad de Valencia, incluyendo a la asociación cultural más prestigiosa de la misma, que en 1979, como colofón y en colaboración con la Academia de Cultura Valenciana (que escribía todos sus artículos en castellano, excepto los de la sección de filología), aprobaría unas nuevas ortografía y gramática de la lengua valenciana para diferenciarla lo máximo posible del catalán; serían las que más tarde se llamarían las Normas del Puig (aprobadas en 1981), muy poco utilizadas incluso entre sus propios firmantes, pero consideradas un hito histórico entre los valencianistas: la ruptura definitiva con las normas ortográficas y gramaticales del catalán y la secesión de hecho de una comunidad lingüística. Los valencianistas de la ciudad de Valencia consiguieron imponer al resto de provincias el dialecto de su ciudad, la bandera de su ciudad y el nombre de su ciudad.

Los peligros de la unión política entre regiones colindantes con un mismo idioma, principal preocupación para la unidad e indivisibilidad de España, parecían haberse neutralizado; los discursos sobre la superioridad lingüística del castellano y el intenso trabajo para la secesión lingüística de comunidades limítrofes habían dado sus frutos. Y así estamos aun hoy.

Así pues, hoy el desequilibrio en favor del castellano y de los castellanohablantes está ya plenamente restablecido, rehabilitándose la unidad y la grandeza de España perdidas por la permisividad que se les había otorgado a los no castellanohablantes; y digo que se ha restablecido la España una y grande, pero no voy a decir que se haya restablecido la España libre, porque yo soy uno de los españoles a quienes las instituciones de mi país me consideran menos libre (con más obligaciones) que un castellanohablante.

Hoy ya pueden decir, de nuevo, que España es una, grande… y castellana.

jueves, 16 de junio de 2011

Cómo justificar un Golpe de Estado a una democracia europea (I)

La justificación del Golpe de Estado como respuesta al asesinato de Calvo Sotelo

«Julio de 1936. Es asesinado uno de los líderes de la oposición, Calvo Sotelo, mientras el otro, Gil-Robles, se libra por no hallarle en casa los criminales. Las últimas dudas de los conspiradores se disipan y una parte del ejército se subleva contra el Frente Popular. El gobierno reacciona, tras algunas resistencias, armando a los sindicatos. Con ello acaba de arrasar la Constitución y cede a la presión revolucionaria».

Este párrafo resume a la perfección el sentir y el pensar de los defensores del alzamiento nacional del 18 de Julio de 1936; el párrafo lo encontraremos, cómo no, en uno de los libros de Pío Moa (“Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas”, página 17).

El día 12 de Julio de 1936 los conspiradores aun tenían dudas; el 13 dejaron de tenerlas y el 17 llevaron a cabo un Golpe de Estado contra… ¿el Frente Popular? ¿No querrá decir Pío Moa que el ejército se sublevó contra el Gobierno elegido en las urnas cinco meses antes? No, es evidente que no es eso lo que quieren decir los defensores de Francisco Franco Bahamonde; se hace imprescindible nivelar la legitimidad democrática de las urnas y de las armas, y la balanza se desnivela demasiado si en una parte hay un Gobierno democrático y en la otra un ejército armado. Es necesario elegir otro contrapeso al que sea mucho más fácil ir restándole legitimidad hasta al menos dejarla equilibrada con la de unos golpistas; y el Frente Popular (una mezcla de tendencias ideológicas, la fórmula perfecta para aislar y destacar a la facción con menor legitimidad democrática –los anarquistas, a quienes es relativamente fácil unir otros líderes a través de declaraciones convenientemente aisladas y descontextualizadas– para acabar extendiendo sus desmanes a la totalidad de la coalición) cumple a la perfección con ese objetivo.

Paralelamente, todo lo que reste legitimidad al Gobierno elegido en las urnas servirá también para restar legitimidad al conjunto de la coalición que ganó las elecciones; así, según los defensores de la sublevación, es el propio Gobierno quien arrasa la Constitución al armar a quienes no se habían sublevado contra el orden constitucional, obviando que los primeros y los únicos que arrasaron la Constitución fueron quienes se enfrentaron a ella a través de un Golpe de Estado. El Gobierno no cede, como afirma Pío Moa, ante ninguna presión revolucionaria: el Gobierno se limita a defender el orden constitucional intentando suplir a quienes estaban obligados a hacerlo, que no eran otros que Francisco Franco Bahamonde y el resto de militares que se le unieron para aniquilar esa Constitución, que fue la que les habilitó para disponer del armamento que utilizaron después contra ella.

Pero vayamos a los datos concretos. El asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de Julio de 1936 se produjo unas horas después del asesinato del Guardia de Asalto José del Castillo Sáenz de Heredia, activo militante del Partido Socialista, y pocas semanas después de varios discursos parlamentarios incendiarios del propio Calvo Sotelo en los que llegó a decir que «sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera»; sus palabras (pronunciadas el 16 de Junio de 1936) toman pleno significado si atendemos tanto a los hechos anteriores como al resto de su línea argumental parlamentaria: «No existe garantía para la vida en la calle, y amenaza la disolución social, y muchedumbres uniformadas gritan ‘¡Patria, no! ¡Patria, no!’; a los vivas a España se contesta con vivas a Rusia, y se falta al honor del Ejército, y se escarnece a España. […] Desde el 16 de febrero al 2 de abril se han producido los siguientes asaltos y destrozos; en centro políticos, 58; en establecimientos públicos y privados, 72; en domicilios particulares, 33; en iglesias, 36. Centros políticos incendiados, 12; establecimientos públicos y privados, 45; domicilios particulares, 15; iglesias, 106, de las cuales 56 quedaron completamente destrozadas; huelgas generales, 11; tiroteos, 39; agresiones, 65; atracos, 24; heridos, 345; muertos, 74…». La anarquía ya se estaba produciendo, según el discurso de José Calvo Sotelo, varios meses antes (esta última cita es del 7 de Abril de 1936) de que pronunciara aquella invitación a la sublevación militar.

Pero, además, sus palabras ya estaban avaladas por los hechos; así, antes de las Elecciones de Febrero de 1936 (cuyas perspectivas para la derecha eran poco halagüeñas) se entrevistó con Francisco Franco Bahamonde para instarle a llevar a cabo el Golpe de Estado antes de Febrero en base a esas desastrosas previsiones electorales. No podemos olvidar que Calvo Sotelo llegó a ser Ministro de Hacienda durante la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera y que mantenía muy buenas relaciones con el estamento militar y con las organizaciones de extrema derecha; su entrada en Falange fue vetada por José Antonio Primo de Rivera (el hijo del dictador que le nombró Ministro), recelando que la figura de Calvo Sotelo pudiese eclipsar la suya.

Abierto defensor del fascismo (que en Italia ya había anulado el Parlamento y prohibido los partidos políticos desde 1928) en varias ocasiones en el propio Parlamento («Su Señoría [Santiago Casares Quiroga, Ministro de la Guerra desde Mayo de 1936] ha dicho que frente al fascismo el Gobierno es beligerante. Yo me he aterrado un poco al oír la frialdad con que lo decía y el calor con que los señores diputados que acompañan al señor Presidente del Consejo acogían tal afirmación de que el Gobierno se siente beligerante frente a un grupo de ciudadanos españoles»), José Calvo Sotelo era, por lo tanto, parte de la propia conspiración militar en ciernes; como afirmaría el historiador franquista Ricardo de la Cierva en 1969, los «desmandados del Frente Popular que lo eliminaron sabían muy bien lo que hacían y a dónde apuntaban».

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La posterior etapa histórica de España distorsionó considerablemente tanto la relevancia política de José Calvo Sotelo durante la II República (el partido político Renovación Española, al cual pertenecía, era una fuerza minoritaria que representaba a la aristocracia, no siendo ni tan siquiera Calvo Sotelo su líder) como la relevancia real de aquel asesinato respecto a otros; aquel crimen supuso para los golpistas la excusa perfecta para adelantar sus planes y para tener una justificación ante la opinión pública, pero el asesinato de José Calvo Sotelo debe entenderse circunscrito a un continuo goteo de crímenes políticos con víctimas y verdugos tanto de derechas como de izquierdas. De hecho, los crímenes del Teniente Castillo y de Calvo Sotelo tuvieron en su día la misma relevancia mediática, como puede observarse en la portada del diario La Voz del mismo 13 de Julio de 1936 (este periódico se publicaba por la noche, por lo que recogió ambos crímenes en una misma portada).

Para entender aquella permanente situación de conflictos no puede obviarse que tanto España como el resto de países occidentales estaban pasando por la mayor crisis económica del sistema capitalista (el crack del 29 se produjo apenas 18 meses antes de instaurarse la II República) y que el principal problema social era la pobreza; la carestía, unida a la reducida protección de la que gozaban los trabajadores, explica las situaciones de violencia que afectaron a un gran número de huelgas. No hay que olvidar que fue esa carestía la que hizo triunfar las políticas extremistas en el resto de Europa, como el fascismo en Italia, el comunismo en Rusia o el nacionalsocialismo en Alemania.

La justificación del Golpe de Estado como respuesta a Octubre de 1934

Visto que el asesinato de José Calvo Sotelo no es un argumento suficientemente robusto para justificar un Golpe de Estado, los defensores del alzamiento nacional de 1936 se remontan a las revueltas revolucionarias de Octubre de 1934 para ampliar su argumentación:

«El golpe de Estado de Largo Caballero y el PSOE es considerado como el inicio de la Guerra Civil de 1936-1939». Eduardo Palomar Baró en el artículo Biografía de Largo Caballero de la Web Generalísimo Franco.

El 3 de Diciembre de 1933 la derecha (integrada en parte en la CEDA) gana las Elecciones; muere un comunista por un disparo desde la sede de Acción Nacionalista Vasca en Baracaldo, asesinan al Presidente del gremio de vaqueros de Puente de Vallecas, queda gravemente herido un socialista de Pego (Alicante) por un disparo realizado por el derechista José Ortola Alcina, acuchillan a un socialista en Paracuellos del Jarama… Se siguen clausurando locales de la C.N.T. y de la Falange, hacen explosión tres bombas en Madrid y se detiene al Comité de Huelga de Camareros. En Madrid ganan las Elecciones los socialistas, quienes acusan a la derecha de fraude electoral en los pueblos y ciudades pequeñas del resto de España mediante la compra de votos. Estas eran las noticias (pueden consultarse El Socialista o El Debate de las dos jornadas posteriores a aquellas Elecciones) de cada día en la España de 1933; en España, pero también en el resto del mundo, en una época en la que las diferencias personales se solventaban, con demasiada asiduidad, a cuchillazos, a tiros o a bombazos.

Hitler ya estaba en el poder aprovechando el sistema electoral alemán, Mussolini gobernaba en Italia desde hacía una década y la función de los campos de concentración nazis ya era conocida (ver el Editorial de El Socialista del 6 de Diciembre de 1933, en el que se habla de las condiciones extremas, las torturas y las muertes en extrañas circunstancias en el campo de concentración de Dachau, con 2.500 judíos, socialistas y comunistas detenidos en aquellas fechas); por otra parte, la dictadura del proletariado implantada en la U.R.S.S. amenazaba con extenderse al resto de Europa, sobre todo tras el cataclismo capitalista de la Gran Depresión de 1929, si bien la sustitución del expansionismo internacional de Lenin por la burocratización en clave interna de Stalin rebajó notablemente esta amenaza. La radicalización de las posturas políticas de los partidos que quedaban fuera de ambos extremos se produjo como consecuencia de las mutuas acusaciones a sus rivales políticos de querer instaurar en España bien una dictadura fascista o bien una dictadura comunista.

El fallido Golpe de Estado del 10 de Agosto de 1932 encabezado por José Sanjurjo Sacanell (condenado a cadena perpetua por esa sublevación) y su posterior amnistía (dictada por el Gobierno de derechas que saldría de las Elecciones de 1933) radicalizó aun más las posturas de los partidos de izquierdas, que vieron en esa amnistía algo más que un compadreo inadmisible entre las derechas y los elementos más reaccionarios contra el orden constitucional de la II República. De hecho, las previsiones de los partidos de izquierda se vieron plenamente cumplidas: José Sanjurjo era quien debía asumir la Jefatura del Estado tras el Golpe del 18 de Julio de 1936 (murió en un accidente de aviación dos días después de la sublevación y el general Emilio Mola lo tuvo que sustituir por Francisco Franco Bahamonde) y otros militares amnistiados junto a él (como Manuel Goded Llopis) participaron activamente en el alzamiento militar que dio origen a la Guerra Civil.

Por supuesto, los defensores del Golpe de Estado de 1936 minimizan aquel Golpe de Estado de 1932, ya que, como veremos, aceptar la relevancia histórica del mismo supondría el desmoronamiento irremisible de la línea argumental que lleva a culpabilizar a los movimientos revolucionarios de 1934 de la Guerra Civil:

«Sanjurjo había contribuido al advenimiento de la República en mucha mayor medida que los líderes republicanos, empezando por Azaña. Estando al cargo de la Guardia Civil de la Monarquía [Pío Moa evita referirse a la dictadura militar de Primo de Rivera], se había negado a emplearla contra las incipientes manifestaciones, y enseguida se había puesto a las órdenes de los republicanos.

[…]

Tampoco puede hablarse, en relación con la sanjurjada, de un golpe “de la derecha”, sino de un sector mínimo de ella, siendo repudiado por el sector principal». Pío Moa, en el artículo “El golpe de Sanjurjo” de la serie “Una visión crítica de la República y la Guerra Civil”, publicado en Libertad Digital.

Ya tenemos una visión de conjunto de la situación social y política de la II República tras el triunfo de la derecha en los últimos días de 1933; podemos entrar ahora en los hechos detallados que acaecieron los días y los meses posteriores a aquellas Elecciones.

Entre los días 8 y 11 de Diciembre de 1933 se producen graves altercados, con varios muertos y numerosos heridos, iniciados unilateralmente por la FAI; los partidos de derecha no dudan en hacer responsables de dichos altercados a toda la izquierda, incluidos el PSOE y la UGT, argumentando que se trataba de una reacción a la pérdida de las Elecciones. Las Comisiones Ejecutivas del PSOE y de la UGT emitieron un comunicado conjunto (publicado en El Socialista del día 12) en el que negaban cualquier relación con aquella llamada a la revolución:

«Reunidas conjuntamente las Comisiones ejecutivas del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores, han examinado la situación política y social del actual momento ateniéndose a las informaciones que poseen. La gravedad de dicha situación no sólo no se les oculta ni pretenden silenciarla, sino que la reconocen y subrayan.

Al hacerlo así declaran que los organismos nacionales a quienes estas Comisiones ejecutivas representan no han tenido ni tienen participación alguna en el movimiento iniciado en diversas poblaciones de España por determinado sector obrero, y consideran que la responsabilidad de que se haya producido el antedicho movimiento corresponde plenamente al Gobierno y a las personalidades y partidos políticos que, por su menosprecio de las reivindicaciones sociales, han desviado la República de aquellos cauces en que la voluntad del pueblo la situó.

Las Ejecutivas reiteran a la clase trabajadora afecta a nuestros organismos, y a la opinión pública en general, su firme decisión de cumplir, cuando la hora sea llegada, los deberes que nuestros representados y nuestros ideales nos imponen». Nota de prensa de las Comisiones Ejecutivas del PSOE y de UGT, extraída de la portada de El Socialista del 12 de Diciembre de 1933.

Con motivo de esa revuelta anarquista se suscitó un debate interno que clarifica las intenciones tanto del PSOE como de la UGT tras la pérdida de las Elecciones; en el Comité Nacional de UGT del día 13, que dio su pleno respaldo a la nota de prensa conjunta de las Comisiones Ejecutivas, surgieron los dos conceptos de revolución que se barajaban en las filas socialistas en aquellas fechas:

«Besteiro: Las Comisiones ejecutivas, como ustedes saben, se han reunido y han dado una nota y en ella se dice que la Unión General de Trabajadores y el Partido Socialista están dispuestos a una acción para oponerse resueltamente a cualquier intento que trate de salirse de los cauces constitucionales. Yo estoy completamente de acuerdo y el Comité ejecutivo de la Unión General de Trabajadores está completamente de acuerdo con esta posición y a mí me parece que cualquiera otra es una posición endeble y que tiene los mayores peligros para nuestra organización. (…) Si hay alguna perspectiva de que tengamos un ambiente favorable, no puede consistir en otra cosa sino en decir que nosotros estamos dispuestos a hacer una defensa todo lo arriesgada que sea preciso para mantener la República con su fisonomía y con la Constitución tal como la hemos trazado.

[…]

Ya saben ustedes que acaso yo sería uno de los que estarían menos conformes con muchas partes de la Constitución, la cual se ha redactado en muchos puntos de una manera hasta opuesta a mi modo de ver las cosas. Sin embargo, creo que una vez que la Constitución se ha votado y que la tenemos y que la Constitución marca el procedimiento por el cual únicamente puede reformarse, nosotros debemos procurar que esa garantía subsista.

[…]

Pero si podemos en este instante tener algún arma para defendernos, ésta es el arma de las garantías que nos ofrece el Estado democrático más o menos puro que hemos creado. Tendremos que pasar por momentos difíciles y tendremos, dentro de este marco de democracia republicana, luchas tremendas. Ya sabemos cuales son los aspectos de esa lucha: una lucha parlamentaria y una lucha sindical. ¿Que la lucha sindical puede ser muy fuerte? Todo lo que se quiera. Habrá Federaciones, habrá Secciones que tengan conflictos graves, y puede ser que en algunos momentos se extiendan los c0nflictos y sean batallas sindicales enormes. Debemos estar dispuestos a arrostrarlas. No renunciamos a ninguna de nuestras armas, pero vamos a hacer todo lo posible porque estas conquistas que hemos logrado mediante nuestro esfuerzo de muchos años y de muchos sacrificios se mantengan.

[…]

En cuanto a la posición nuestra y nuestros propósitos, éstos son oponernos resueltamente a todo intento de rebasar los límites de la Constitución.

[…]

Amaro Rosal: El compañero Besteiro dice que tenemos una garantía con la Constitución. Eso de la garantía de la Constitución, a estas alturas, me parece que no se ajusta a la realidad. Los alemanes eran tan cándidos que cuatro días antes de caer discutían si uno de los Gobiernos había sido destituido legal o ilegalmente, y cuatro días después de eso subía al poder Hitler. De modo que eso de la garantía de la Constitución no puede existir para nosotros.

[…]

También dice que una de las garantías para nosotros es el Estado moderno democrático que habíamos creado. Me parece que no haría falta andar en disquisiciones históricas para demostrar que a la clase trabajadora este Estado democrático creado por nosotros ya deja de servirla en cuanto la República entra en declive.

[…]

Yo hago una proposición concreta de que acordemos ir a un movimiento revolucionario para defender los intereses de la clase trabajadora que están en peligro.

Saborit: No hay acuerdo de implantar la dictadura del proletariado. El acuerdo unánime es hacer un movimiento contra todo intento de aplicación en España del fascismo.

[…]

El acuerdo de las Ejecutivas es éste: organizar desde ahora mismo, sin perder detalle, un movimiento de la Unión General y del Partido para hacer frente al fascismo en España, para impedir que puedan realizar aquí lo que ha sucedido en Alemania, para salvaguardar nuestras garantías de la Constitución y de la República. (…) Lo que ocurre es que no se va a decir que el movimiento es para implantar la dictadura del proletariado, porque no es para eso: es para hacer frente al fascismo. (…) A un movimiento para implantar la dictadura del proletariado, yo no voy porque no creo en eso. Para un movimiento contra el fascismo yo sí voy. Y porque, además, en ningún Congreso ha acordado el Partido Socialista defender la dictadura del proletariado, ni acabar con la democracia, ni con el Parlamento. En ninguno, ni nacional ni internacional.

[…]

Besteiro: Yo no tengo inconveniente en participar a ustedes que a mí la idea de que podamos hacer un movimiento para implantar el socialismo mediante la dictadura del proletariado, ni siquiera para gobernar los socialistas por su propia cuenta en burgués o en socialista, reformista o en socialista totalitario, me parece un absurdo imposible en las circunstancias actuales.

[…]

Amaro Rosal: Yo me ratifico en mi posición, que está, naturalmente, encajada en la concepción de que tenemos que prepararnos para la ofensiva, por la lucha, la amenaza o el ataque.

[…]

Muiño: Creo que nos separa al compañero Amaro Rosal y a mí una cuestión ideológica, no de táctica, porque lo que acabo de oír es la concepción comunista maximalista». Acta del Comité Nacional de la Unión General de Trabajadores del 13 de Diciembre de 1933.

La propuesta de Amaro Rosal sólo fue votada favorablemente por su propia Federación (la de Banca y Bolsa) y por la de Empleados de Oficina (representada por Félix Beltrán), siendo rechazada por las otras 34 Federaciones presentes en el Comité Nacional y por la Ejecutiva; el 94,45% de la UGT estaba, por lo tanto, totalmente en contra de saltarse la Constitución para llegar a la implantación real del socialismo. Puesto que estamos ante un foro de debate interno, cuyas deliberaciones quedaban restringidas al ámbito de la propia UGT, habremos de considerar que la postura de este sindicato tras la pérdida de las Elecciones de 1933 es la reflejada en esa Acta; y no hay que olvidar que Julián Besteiro Fernández formaba parte también de la Comisión Ejecutiva del PSOE, siendo cabeza de lista del Partido Socialista en aquellas Elecciones.

¿Qué ocurrió para que cambiase la postura del entorno socialista respecto a ese concepto de revolución desde finales de 1933 hasta Octubre de 1934? ¿Qué hechos ocurrieron para que cambiase el socialismo desde la claramente mayoritaria postura de Besteiro –revolución defensiva para salvar la Constitución a toda costa– a la minoritaria de Amaro Rosal –revolución ofensiva para tomar el poder aun en contra de la Constitución y de la República– en esos diez meses?

En el Comité Nacional de la UGT del 27 de Enero de 1934 (poco más de un mes después de aquella derrota de las tesis más revolucionarias) se discutió y votó de nuevo el camino que debía tomar el sindicalismo socialista: la ofensiva revolucionaria para instaurar la dictadura del proletariado (propuesta por la Comisión Ejecutiva del PSOE) o la oposición, frontal pero defensiva, a cualquier avance del fascismo en España (propuesta por la Comisión Ejecutiva de la UGT). Los resultados de la votación mostraron un vuelco completo a las posiciones socialistas de un mes antes: 33 votos a favor de la propuesta revolucionaria del PSOE y 2 votos en contra.

La respuesta la encontramos ante las similitudes entre el ascenso de Hitler al poder (el 30 de Enero de 1933 fue nombrado Canciller con el 34% de los parlamentarios) y las veladas pretensiones de algunos líderes de la derecha española («Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer. (…) Queremos una patria totalitaria; (…) la política unitaria y totalitaria la tenemos en nuestra gloriosa tradición», José María Gil-Robles y Quiñones de León, líder de la CEDA, en un discurso pronunciado el 15 de Octubre de 1933, unas semanas antes de las Elecciones que ganaría dicha formación política con el 24,3% de los escaños); Hitler suspendió, en apenas un mes desde su llegada al poder, la libertad de expresión, el respeto a la propiedad privada, la libertad de prensa, la inviolabilidad del domicilio, de la correspondencia y de las conversaciones telefónicas y la libertad de reunión y asociación, además de ilegalizar la principal fuerza comunista (la KPD) y enviar a sus dirigentes a los recientemente creados campos de concentración. Para el 5 de Marzo de 1933 convocó nuevas Elecciones para aprovechar los resortes del poder, pero sólo obtuvo el 44% de los escaños; para lograr la mayoría que necesitaba para modificar la Constitución, arrestó a todos los diputados comunistas y a algunos socialistas, dictando a continuación (el 23 de Marzo) una Ley que anulaba temporalmente (obviamente, esa temporalidad no finalizó nunca) al Parlamento. Finalmente, el 2 de Mayo fueron disueltos todos los sindicatos obreros alemanes (un referente para los sindicalistas españoles) y enviados sus líderes a campos de concentración, el 10 de Mayo se confiscaron todas las propiedades del Partido Socialdemócrata y se cerraron sus periódicos (y sus líderes, como era de esperar, acompañaron a los líderes comunistas a los campos de concentración) y el 14 de Julio se aprobó la Ley del partido único.

La CEDA cedió el poder en Diciembre de 1933 al Partido Radical de Alejandro Lerroux (entre ambos sumaban el 45,9% de los escaños), segunda fuerza política en escaños (21,6%) y tercera en votos (8,20% frente al 20,18% del PSOE); los primeros pasos dados por el nuevo Gobierno fueron la derogación provisional de la Ley de Términos Municipales (que había permitido a los campesinos aprovechar tierras hasta entonces desaprovechadas), la modificación de los Juzgados Mixtos (una especie de juntas de arbitraje laboral integradas por empresarios y trabajadores), la supresión de los salarios mínimos en el campo y en la industria, el desahucio de miles de pequeños arrendatarios del campo, la devolución a los aristócratas de parte de las tierras expropiadas por la Ley de Reforma Agraria… El estado de alarma (con restricciones a la libertad de prensa, de reunión, de huelga y de otros derechos fundamentales) fue impuesta desde el primer momento por el nuevo Gobierno, censurando y confiscando numerosa prensa izquierdista (como El Socialista, intervenido en 51 ocasiones durante los primeros meses del nuevo Gobierno, o Avance, intervenido en más de 90 ocasiones); la represión sobre los huelguistas quedaba silenciada por la censura, incrementando la rumorología y las inevitables exageraciones; el paro había alcanzado cifras récord en Abril con más de 700.000 parados forzosos…

La sensación entre la izquierda era que la CEDA pretendía imponer un Estado fascista desde la sombra, dirigiendo a su antojo a un Gobierno que necesitaba de sus votos para poder gobernar, evitando de esa forma el inevitable desgaste producido por los continuos retrocesos legislativos, sociales y laborales gubernamentales: la República surgió como la solución a la sociedad semi-feudal que aun pervivía en España a principios de siglo (siendo los terratenientes los principales herederos de los señores feudales, con el caciquismo ampliamente instaurado en toda España y con la aristocracia, el estamento militar y la Iglesia copando permanentemente el poder) y el triunfo de la derecha el 3 de Diciembre de 1933 suponía que esa misma República que debía romper con el arcaico sistema anterior iba a servir para volver a dar el poder a los terratenientes, a la aristocracia, al ejército y al clero. En definitiva, que aquella frase del minoritario Amaro Rosal en el Comité Nacional de la UGT del 13 de Diciembre de 1933 («a la clase trabajadora este Estado democrático creado por nosotros ya deja de servirla en cuanto la República entra en declive») acabó siendo asumida plenamente también por el moderado Indalecio Prieto, quien en el verano de 1933 había pedido a las Juventudes Socialistas que calmaran los ánimos.

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Ese temor a que la CEDA de Gil-Robles acabara convirtiendo la democracia republicana en un régimen fascista, como los casos de Italia y del más reciente de Alemania (cuyos regímenes eran visitados asiduamente por los líderes derechistas como el propio Gil-Robles –acudió a las celebraciones del 1 de Mayo de 1933 a Alemania, el día antes de la ilegalización de todos los sindicatos obreros alemanes– o Calvo Sotelo –en Febrero de 1933 se entrevistó con diversas personalidades políticas y eclesiásticas italianas–), llevaron al PSOE a aceptar la radicalización de su discurso para agitar a las masas y crear el clima necesario para tomar el poder ilegalmente y evitar así la transformación de un estado democrático en otro estado fascista; aquella primera radicalización del socialismo se fue asentando conforme se iban sucediendo hechos que no hacían más que confirmar aquellos temores, como la ilegalización del partido socialista y de los sindicatos también en Austria el 17 de Febrero de 1934.

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La inclusión, el 4 de Octubre de 1934, de tres ministros de la CEDA en las carteras de Justicia, Trabajo y Agricultura fueron el detonante definitivo de la creciente radicalización de las izquierdas.

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¿Había motivos suficientes para levantarse contra la propia República en Octubre de 1934? Evidentemente, desde nuestra perspectiva histórica, no. ¿Dio inicio ese levantamiento a la Guerra Civil española? Pues, por mucho que se quiera repetir lo contrario, lo cierto es que ese fue uno más (y el único protagonizado por las fuerzas de izquierda) de los múltiples intentos de Golpe de Estado que se produjeron durante la República (la Sanjurjada de 1932, otro intento militar a finales de 1935 –con el apoyo de una parte de la CEDA, el partido mayoritario de derechas que estaba en el gobierno–, otro en Febrero de 1936 –ya con Franco y Goded como protagonistas, siendo avisado de ello el gobierno saliente de derechas– y el que resultaría definitivo en Julio de 1936, en el que participaron todos los más destacados militares de los intentos anteriores); achacar a esa intentona golpista de la izquierda el inicio de la Guerra Civil e ignorar los numerosos y reiterados intentos militares de tomar el poder por las armas parece responder más a una cuestión de tozudería en intentar demostrar una imposible exculpación de los responsables del golpe militar que dio origen a la Guerra Civil que en un ejercicio de interpretación histórica de los hechos. De hecho, esos reiterados intentos golpistas del ejército (alentados por los medios de derechas como ABC, que en su editorial del 30 de Noviembre de 1932, apenas tres meses después de la Sanjurjada, llamaba “figura gloriosa” al golpista Sanjurjo) ponen de manifiesto que los militares y una parte importante de la derecha intentaron derrocar la democracia republicana desde principio a fin, hasta que lo consiguieron en 1936, por lo que la Guerra Civil sólo se hubiese podido evitar si la izquierda hubiese aceptado sin más cualquiera de los golpes de estado que intentó la derecha política y militar.

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La pregunta que cabría hacerse es la misma que la que se ha planteado para el intento golpista de Octubre de 1934: ¿había motivos suficientes para levantarse en armas contra la República en 1932, en 1935 y en 1936? Y la respuesta ha de ser obligadamente la misma, aunque haya quien pretenda buscar una justificación (como la buscan aun a día de hoy a la intentona golpista del 23-F, o como sin duda habrá quien la quiera buscar a la actual situación política, económica y social) a lo injustificable.

jueves, 6 de mayo de 2010

¿Monumento a todos los caídos?

El Valle de los Caídos siempre ha estado envuelto de un elevado grado de secretismo, sólo rebajado hasta fechas muy recientes por los artículos que, insistentemente, hablaban de ese monumento como un símbolo de reconciliación nacional, aportando como argumentos datos incontrastables (que no es lo mismo que incontestables) como éstos:

«No se convierte en limitación, ni mucho menos en motivo de exclusión, el haber combatido en bando republicano, como algunos están empeñados en mantener. Éste fue y es un monumento para todos los españoles» (Del apartado «Enterramientos» de la Web Cuelgamuros, El Valle de los Caídos).

«Allí, por piadosa y patriótica iniciativa de Franco, permanecen recogidos los restos de millares de combatientes de ambos bandos en la guerra civil» (Del artículo «La verdad sobre la construcción del Valle de los Caídos», del Boletín nº 101 de la Fundación Nacional Francisco Franco, Enero-Marzo de 2005).

Hablan erróneamente, en el primer artículo citado, de una Orden promulgada el 11 de Julio 1946 (Orden por la que se prorrogan indefinidamente los enterramientos temporales de los restos de caídos en nuestra Guerra de Liberación, publicada en el Boletín Oficial del Estado el 15 de Julio siguiente) por una cuestión bien distinta a esa pretendida reconciliación nacional de la que tanto les gusta alardear a los halagadores de la figura de nuestro más reciente dictador.

Dicha Orden, firmada por Luis Carrero Blanco, fue promulgada porque la legislación establecía un plazo máximo de 10 años para dar traslado a los restos mortales desde una sepultura temporal a una fosa común (pasados esos 10 años se debía –y aun hoy se debe– comprar a perpetuidad una sepultura si no se querían perder los restos); como dice la Orden:

«De no llevarse a cabo la adquisición a perpetuidad de un enterramiento, y muy adelantados ya los trabajos de construcción de la cripta que en el Valle de los Caídos ofrecerá digna sepultura a los restos de los héroes y mártires de la Cruzada, se hace preciso evitar que, por falta de medios o por descuido de sus familiares, pudieran perderse algunos de los que dieron su vida por la Patria.

En su virtud, esta Presidencia del Gobierno se ha servido disponer:

El plazo de diez años, señalado para la duración de los enterramientos temporales, se considerará prorrogado indefinidamente, cuando se trate de enterramientos de restos de caídos en nuestra Guerra de Liberación, tanto si perecieron en las filas del Ejército Nacional como si sucumbieron asesinados o ejecutados por las hordas marxistas en el período comprendido entre el 18 de Julio de 1936 y el 1º de Abril de 1939; o aun en fecha posterior, en el caso de que la defunción fuese a consecuencia directa de heridas de guerra o sufrimientos de prisión».

Como queda meridianamente claro, el Valle de los Caídos sigue estando reservado en 1946, como en sus orígenes, a los «héroes y mártires de la Cruzada», entre los que sólo quedan incluidos los que «perecieron en las filas del Ejército Nacional» (es decir, los soldados) y los que «sucumbieron asesinados o ejecutados por las hordas marxistas»; en 1952 seguimos encontrando esas mismas restricciones: «En el Valle de los Caídos serán perpetuados cual merecieron por su muerte en los campos de batalla o en cualquier checa».

En el segundo artículo citado se hace referencia a un anuncio del Gobernador Civil de Madrid publicado en la prensa el 30 de Junio de 1958; dicho anuncio (lo podemos encontrar en la página 37 del ABC de ese día) es una nota informativa sin reflejo alguno en el Boletín Oficial del Estado, manteniéndose invariable por lo tanto el destino original del monumento:

«Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.

A estos fines responde la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de peregrinación en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada» (Decreto de 1 de Abril de 1940 disponiendo se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, en la finca situada en las vertientes de la sierra del Guadarrama (El Escorial), conocida por Cuelga-muros, para perpetuar la memoria de los caídos en nuestra Gloriosa Cruzada, publicado en el Boletín Oficial del Estado del 2 de Abril de 1940).

La nota informativa del Gobernador Civil de Madrid no es en realidad más que una exigencia del Vaticano, cuyo máximo representante (Pío XII) debía declarar oficialmente como Basílica la Iglesia de la Santa Cruz erigida junto a la cripta, hecho que acaecería dos años después de esa nota, en 1960 (siendo Papa Juan XXIII); aunque es evidente que el Vaticano no podía aceptar una cripta en la que sólo podían ser enterrados unos determinados católicos, el texto de la propia nota –mentira piadosa mediante– no deja lugar a ninguna duda:

«Uno de los principales fines que determinaron la construcción del Monumento Nacional a los Caídos, en el Valle de Cuelgamuros (Guadarrama), fue el de dar en él sepultura a quienes fueron sacrificados por Dios y por España y a cuantos cayeron en nuestra Cruzada, sin distinción del campo en que combatieron, según exige el espíritu cristiano que inspiró aquella magna obra, con tal que fueran de nacionalidad española y de religión católica».

Así pues, no es cierto, como se afirma en el segundo artículo citado, que la apertura de la cripta a las víctimas del bando republicano fuese una «piadosa y patriótica iniciativa de Franco», quien nunca rectificaría sus órdenes iniciales respecto al verdadero destino del Valle de los Caídos.

Ese hermetismo que ha envuelto siempre todo lo relacionado con el Valle de los Caídos ha servido, sin embargo, para afirmar sin ningún pudor que se trataba de un monumento a todos los caídos porque allí «permanecen recogidos los restos de millares de combatientes de ambos bandos en la guerra civil»; aquella nota informativa del Gobernador Civil servía de argumento, puesto que el anuncio rezaba lo siguiente:

«Próximas a su total terminación las obras de dicho Monumento, se pone en conocimiento de los parientes de personas en quienes concurrieran aquellas circunstancias, invitándoles a que manifiesten, en el plazo de quince días y mediante escrito dirigido a este Gobierno Civil, si desean o consienten que los restos de sus familiares sean trasladados al enterramiento del Valle de los Caídos.

En caso afirmativo, en el escrito en que así lo hagan constar, deberán expresarse:

a) Nombre y apellidos y domicilio del solicitante y su parentesco con la persona cuyo traslado de restos se interesa.

b) Nombre y apellidos del fallecido, con expresión de la fecha, lugar y circunstancias de su muerte, si fueran conocidas.

c) Lugar en que actualmente esté enterrado, con el mayor número de indicaciones posibles para su exacta localización».

El censo detallado de los enterrados en el Valle de los Caídos ha permanecido en secreto hasta el pasado 27 de Marzo, de forma que tanto las cifras que se barajaban como lo que se esperaba encontrar en dicho censo no eran más que especulaciones; por supuesto, podían haber enterrados allí combatientes de ambos bandos. Pero el censo detallado ha revelado alguna sorpresa al respecto.

De las 33.833 personas enterradas en el Valle de los Caídos (muy lejos de las más de 50.000 personas que se suponían enterradas allí), sólo hay identificadas 21.423; las otras 12.410 personas no tienen en ese censo ningún dato que las identifique más allá, en el mejor de los casos, del municipio en el que yacían sus cuerpos.

[Enterrament+republicans+al+Valle+de+los+Caídos..jpg]En la Web de la que se ha extraído la primera cita de este artículo se puede leer:

«Unos en camión, otros en coches fúnebres, van llegando hasta la Cripta, donde los Padres Benedictinos levantan testimonio de cada inhumación».

Nada más lejos de la realidad; casi el 40% de los enterrados en el Valle de los Caídos no se sabe quiénes son. No hubo, por lo tanto, consentimiento alguno de familiares, ni identificación de ningún tipo, en 12.410 casos.

Por supuesto, en el Valle de los Caídos puede haber caídos de ambos bandos; unos, perfectamente identificados, yacen ahora al lado de su particular salvador. Otros, sin embargo, fueron sacados de unas fosas comunes para enterrarlos en otra fosa común junto a su verdugo, siendo vilmente utilizados para afirmar que el Valle de los Caídos es un símbolo de reconciliación nacional porque allí yacen combatientes de ambos bandos.

El Valle de los Caídos, como dictaminó con total claridad el Régimen, es un monumento a los «caídos en nuestra Guerra de Liberación, tanto si perecieron en las filas del Ejército Nacional como si sucumbieron asesinados o ejecutados por las hordas marxistas».

El espíritu de reconciliación impuesto por el Vaticano tuvo que ser asumido a la fuerza por ese Régimen; una imposición que intentó utilizar el franquismo para tapar su revanchismo vengativo sin límites, recurriendo incluso al enterramiento forzoso de asesinados republicanos para intentar demostrar ante la opinión pública lo que era (y sigue siendo, ahora más que nunca con los verdaderos datos encima de la mesa) completamente indemostrable.